Vivimos en un mundo globalizado, con enfermedades también globales y cada vez más complejas. En una sociedad en continuo cambio, con una población mundial envejecida, existen redes de enfermedades con conexiones múltiples entre ellas, que suponen un nuevo desafío para la salud de las personas del siglo XXI. Enfermedades que, dispuestas en red, abren nuevas e infinitas preguntas relacionadas con la salud y que debemos responder con la máxima celeridad.
La respuesta a estas complejas preguntas de salud debe darse desde la investigación biomédica. Es el arma fundamental en la lucha contra las enfermedades por parte de los profesionales clínicos así como de las autoridades sanitarias. La investigación biomédica, y en particular, la investigación clínica, hace avanzar la medicina, derribando o consolidando paradigmas científicos y construyendo nuevos que sustituyan a los anteriores.
La investigación clínica, además, genera una evidencia científica suficiente. Se traduce en un cambio en la práctica clínica que redunda en beneficio de los pacientes individuales. Los profesionales sanitarios dependen de los resultados de la investigación biomédica/clínica para la toma de las decisiones médicas que deben realizar cada día. El rigor, la calidad y nivel ético exigidos a la investigación biomédica/clínica hace que sea una disciplina con una metodología muy exigente y una actividad muy intensiva en el consumo de recursos. Esta complejidad y disposición de recursos son los puntos esenciales que hay que cubrir para garantizar que los estudios ocurran con la mayor calidad, rigor y en el tiempo adecuado.
Puesto que la investigación biomédica es un fenómeno global, así debe organizarse y estructurarse. El modelo vigente de investigación e investigadores individuales, sin infraestructuras ni recursos comunes, no es capaz de dar respuesta a estos nuevos desafíos de la salud. Por tanto, las redes de investigación, nacionales, europeas y mundiales favorecen que los estudios se realicen del modo más riguroso, con la mayor eficiencia en el empleo de recursos compartidos y en el menor tiempo posible. Es decir una respuesta pronta y eficaz a las preguntas abiertas.
Estas redes son el punto de partida, pero la investigación biomédica es una responsabilidad de todos. En ese sentido, las redes sociales pueden servir como herramienta útil para integrarse en las redes de investigación. Cada uno debe asumir su parte. Un mundo complejo basado en la comunicación y la información ha creado la necesidad de que la sociedad responda a esa complejidad organizándose en estructuras de interacción social en red. Los pacientes son la pieza fundamental en la investigación clínica y la existencia de una estructura consolidada de redes sociales podría contribuir decisivamente a favorecer el proceso investigador.
La comunicación entre los científicos y las personas de a pie es la pieza clave para involucrar a la toda la sociedad en el proceso investigador y contribuir a dar respuesta a sus propias enfermedades. Una mejor comunicación, con el código y canales adecuados para evitar una estéril torre de Babel, es fundamental para cerrar el círculo virtuoso de la investigación biomédica.
¿Y cómo se paga todo esto? No debemos olvidar que la financiación de la investigación: también es una responsabilidad de todos. Una actividad tan intensiva en consumo de recursos, pero tan rentable y necesaria para generar bienestar y retorno en salud de las personas debe tener garantizada su financiación. Para ello, no sólo es necesario asegurar la disposición de recursos e infraestructuras, sino también la inteligente y eficiente gestión de los mismos. Y ahí tienen un papel protagonista tanto la administración pública, como el ámbito privado, las instituciones y las personas físicas. Todas deben aportar sus recursos para hacer el milagro de la investigación posible.






































