Guillem López Casasnovas
Miembro del CRES-UPF
| viernes, 20 de junio de 2014 h |

Una de mis amables disputas con el siempre añorado Ernest Lluch era el de la infrapresupuestación sanitaria. El mantenía, en la barra del bar de la facultad tomando café, que mejor no anticipar nunca mucho dinero para la sanidad, ya que la capacidad de las corporaciones de nuestro sistema de salud para fagocitar el monto de recursos que se les ponía a disposición era cuasi infinita.

Hablaba, decía, desde su experiencia. Yo argumentaba, desde lo que era el análisis de mi doctorado en la Universidad de York (`Un contracto de base presupuestaria para promover la eficiencia en instituciones sin ánimo de lucro: El caso del Insalud’), que sin una restricción presupuestaria creíble, cualquier resultado era posible habida cuenta de las posibilidades que tenían los gestores sanitarios de hacer encajar sus excesos de gasto al financiador.

La observación de Lluch parecía ratificada por los hechos. Fue una etapa en la que, por lo demás, era sencillo sobregastar lo infrapresupuestado, vistas las partidas de créditos ampliables que se admitían sin tener que rendir cuentas. Se valoraban por lo bajo algunos artículos de los capítulos 1 y 2, y una vez emergida la necesidad de gasto, la financiación adicional era automática. Después la cosa se complicó con enmiendas a la Ley General Presupuestaria y ya se empezaron a quedar en cajones las facturas que no podían entrar en proceso presupuestario por falta de crédito autorizado, amén de los ajustes de tesorería entre lo dispuesto y no pagado.

Estas facturas pendientes se llegaron a descontar financieramente y como acostumbraba a decir mi amigo Pepe Martín, este sistema hacía incluso posible que en los hospitales andaluces ‘se suministrase jabugo’ siempre que el gerente encontrase alguien con stock suficiente que prefiriera sacárselo de encima que perderlo, aún cobrando el año que viene si dios quiere. Y dios quería siempre: arrastraba hacia adelante la carga de lo pendiente para burla de interventores y ciudadanos pretendidamente informados. Y los políticos jugaban a comparar gastos que entre los comprometidos, los liquidados y los pagados permitían juegos malabares. Y de aquellos polvos…