¿La ministra que cambió la tendencia del gasto farmacéutico? ¿La ministra del copago? ¿La del ébola? ¿La ministra de la universalidad y la cohesión o de todo lo contrario? El tiempo dirá cómo quedará registrado el paso de tres años de Ana Mato por el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad; si será recordada por su gestión o si (injustamente) las circunstancias de su dimisión le hacen pasar a los anales del Sistema Nacional de Salud como la ministra de los billetes de avión, del confeti en las fiestas de cumpleaños y del desconocido jaguar del garaje.
El hecho de que su dimisión se haya producido un día antes de una cita clave en el Congreso —las medidas anticorrupción de Mariano Rajoy— ha generado que los primeros acercamientos a la figura de la ex ministra tengan más que ver con su relación con su ex marido, Jesús Sepúlveda, que con su trayectoria en el Ministerio… Trayectoria que, como ocurre con todos los ministros y en cualquier área, tiene luces y también sombras.
Es impensable hacer un balance de la gestión de Mato sin vincularlo a la difícil situación económica que se llevó por delante, no solo a José Luis Rodríguez Zapatero, sino también las propias promesas con las que el PP ganó las elecciones. A costa del polémico Real Decreto-ley 16/2012 ha vivido Mato dos de los años más duros que se recuerdan para un gestor público. El vapuleo continuo al que ha sido sometida aumentó considerablemente con las primeras insinuaciones sobre sus vínculos con Gürtel, a principios de 2013, y más recientemente a costa de su gestión en la crisis del ébola. Aún así, ya haya sido por voluntad propia o por el apoyo inquebrantable de Rajoy, Mato ha sobrevivido al menos a dos momentos críticos que la daban por víctima segura de una crisis de Gobierno que nunca se ha producido.
Pero los árboles no deben impedir ver el bosque. También fue clave, por ejemplo, a la hora de defender el modelo mediterráneo de farmacia durante el último intento liberalizador que venía de Bruselas.
Desde este punto de las críticas recibidas, su permanencia ha sido todo un logro para una persona como ella. Es bien sabido que Mato se encuentra cómoda alejada de los flashes y que no destaca por sus dotes de comunicación. Su malograda rueda de prensa nada más conocerse el contagio de la auxiliar de enfermería Teresa Romero (solo respondió una pregunta de un total de 15) es el mejor ejemplo de una carencia difícil de solventar, ya no en un político, sino en un Ministerio como el de Sanidad, que toca a los ciudadanos en un tema tan delicado como es su salud, y en el que parece que los errores de comunicación se perdonan menos.
Pese a todo, la ex ministra ha compensado esta circunstancia rodeándose de un equipo válido de técnicos y expertos, siempre encabezado por su escudera, la secretaria general del Ministerio de Sanidad, Pilar Farjas.
Su dimisión también, resalta otra de las características más intrínsecas de Mato: su fidelidad al partido. “No quiero, bajo ningún concepto, que mi permanencia en esta responsabilidad pueda ser utilizada para perjudicar al Gobierno de España, a su Presidente ni tampoco al Partido Popular”, dijo en la nota de prensa en la que comunicaba su decisión… Una decisión que tomaba, remarcaba, a pesar de que el auto de Pablo Ruz “en ningún caso” le imputa ningún delito ni le atribuye responsabilidad penal alguna y que señala que no ha tenido “conocimiento de ningún delito que se haya podido cometer”.
Esta fidelidad no ha pasado desapercibida a los líderes del PP. Pero fue Rajoy el premió una trayectoria que nació ligada al ‘clan de Valladolid’ de José María Aznar y que, tras un periplo por la política autonómica, nacional y europea, se gestó definitivamente en Génova a partir de 2008, culminando con su exitosa labor como coordinadora nacional de campaña para las elecciones generales de 2011. Por su fidelidad al partido, Mato consiguió un hueco en el Consejo de Ministros. Por su fidelidad al partido, lo abandona.






































