| viernes, 12 de febrero de 2010 h |

Antonio González es periodista del diario ‘Público’

Tenemos la suerte de vivir en un país desarrollado. Vivimos rodeados de nuevas tecnologías, disfrutamos de unos niveles de confort equiparables a los de los países más avanzados del mundo, tenemos una vasta oferta cultural y de ocio al alcance de la mano y, pese a la crisis económica, se puede decir que conformamos una sociedad feliz en términos generales. Nuestros problemas más graves suelen estar relacionados con dos carencias: la ausencia de salud y la falta de trabajo. Aquellos que padecen uno de los dos problemas pueden acabar sintiéndose marginados en la actual sociedad, porque a nadie le gusta ver enfermos, ni tampoco a personas sin empleo. No hacen más que recordarnos los que nos ocurrirá algún día, y además en muchas ocasiones sin que hayamos hecho nada para merecerlo.

La sociedad cierra los ojos ante lo que no quiere ver, y esa ceguera hace mella siempre en los más débiles, como ocurre con las mujeres maltratadas, que no sólo tienen un problema de salud física, y posiblemente también un elevado riesgo de trastorno mental, a consecuencia de las palizas, sino que además han sido invisibles durante demasiado tiempo ante los ojos de sus semejantes. Muchas de ellas, para empeorar la situación, tampoco tienen trabajo y dependen económicamente de su verdugo, lo que reduce sus posibilidades de salir del abismo en el que viven, y agudiza su situación de dependencia psicológica frente a su agresor, que en demasiadas ocasiones se convierte en su asesino. Muchas no llegarán nunca a pedir ayuda, y padecerán toda su vida la agonía del maltrato. Otras con menos suerte no saldrán con vida, incluso a pesar de haber tenido el valor de denunciar a su agresor. Por ello, debemos estar todos alerta, ya que la violencia machista nunca es el problema de una mujer sino de toda la sociedad, y todo aquel que no denuncia una situación de este tipo se convierte de facto en un inestimable colaborador del agresor.

Desde hace tiempo existe consenso a la hora de considerar la violencia de género también como un problema sanitario. Primero, porque tiene una clara incidencia en la salud física y mental de las mujeres y su entorno. Segundo, porque el sistema sanitario puede jugar un papel clave a la hora de atajar este cáncer social. Desde una óptica más amplia, la violencia machista es una de las principales patologías que lastran el desarrollo de esta sociedad, aunque haya otras de distinta naturaleza como el paro, la obesidad, el terrorismo, el tabaquismo o el alcoholismo, sin olvidar la estupidez, claro. Por eso es importante que el sistema sanitario se tome en serio el problema. Por eso es un acierto que el Ministerio de Sanidad y las comunidades autónomas, juntos, hayan decidido potenciar la formación sobre violencia de género entre los profesionales sanitarios. Su ayuda puede ser inestimable a la hora de detectar el problema a tiempo y evitar males mayores. Ahora sólo falta que esta decisión valga realmente para algo, y acabe rebajando el tono de la triste letanía de las cifras mortales, dejando poco a poco un mayor espacio para la esperanza.