Marta Ciércoles es periodista del diario ‘Avui’
Ya han pasado diez meses desde que la OMS dio la alerta sanitaria por un nuevo virus gripal, desconocido hasta el momento, que estaba causando una elevada morbilidad en México. Parece que fue ayer, pero echando la vista atrás, no hay duda de que estos diez meses han dado mucho de sí. En este periodo relativamente breve ha habido tiempo para bautizar a la nueva infección con diferentes nombres (gripe mexicana, gripe porcina, gripe nueva, gripe A), para declarar una pandemia mundial, para cambiar hábitos cotidianos en centros sanitarios, escuelas y empresas, para fabricar vacunas, para administrar esas vacunas… Ha habido tiempo para alarmar a la población ante la amenaza de una nueva enfermedad y también para banalizar, casi de un día para otro, una alerta mundial sin precedentes recientes. En el ámbito informativo y mediático, la gripe A ha sido, sin duda, uno de los acontecimientos del año y uno de les espectáculos más vergonzosos de los últimos tiempos.
La gripe A ha desencadenado una crisis de credibilidad de las instituciones sanitarias, y especialmente de la OMS, de dimensiones gravísimas. Se han puesto en duda aspectos tan básicos sobre la manera de proceder de la OMS que no le resultará nada fácil a la organización internacional remontar toda esa carga de desconfianza. Discernir si la OMS ha actuado bajo la influencia de la industria farmacéutica y si declaró, deliberadamente, una falsa pandemia para favorecer económicamente a los laboratorios, no será tarea sencilla ni rápida. Probablemente, asistiremos a un baile de datos, cifras, informes, declaraciones y contradeclaraciones, a partir de las cuales será casi imposible extraer conclusiones claras y convincentes.
El baile, de hecho, ya ha comenzado. Un baile al que la opinión pública asiste perpleja y donde da la impresión que algunos aprovechan el desaguisado —eso sí, a toro pasado— para hacerse notar, mientras los otros devuelven la pelota como pueden, sin contrarrestar con argumentos concluyentes. Acusaciones como la que el parlamentario y médico alemán Wolfang Wodarg ha lanzado a la OMS desde el Consejo de Europa son muy graves y sólo deberían hacerse motivadas por dudas fundadísimas y avaladas por pruebas convincentes. Está en duda la credibilidad de la institución que debe ser la garante de la salud pública mundial. Por su parte, el director adjunto de la OMS, Keiji Fukuda, encargado de dar la cara ante la asamblea del Consejo de Europa, tampoco ha despejado las dudas sembradas más allá de insistir en el buen proceder de la organización.
Y en medio de tanta confusión, al ciudadano que hace diez meses llegó a sentir temor ante la propagación de un nuevo virus y que escuchaba atento los mensajes de las autoridades sanitarias, ahora resulta que todo le parece un timo. Un enredo imposible de entender. Y así, entre unos y otros, se pone un granito más de arena para alimentar la desconfianza y el desapego en las instituciones.






































