José María López Alemany
Se nos avecina un tremendo terremoto presupuestario que amenaza con reducir, en muy poco tiempo, los presupuestos públicos de todas las administraciones. El lobo se ha asomado y el objetivo para que no termine de salir está claro: reducir en cuatro años 50.000 millones de euros. Casi nada.
Algunas de las políticas se han visto, al menos de momento excluidas del recorte. Estas son: I+D+i, dependencia, desempleo, educación y antiterrorismo. La sanidad no aparece por ningún sitio. No hay que ser muy listo, y no es momento de ponerse una venda, para comprender que uno de los aspectos a recortar va a ser la sanidad, que supone en el ámbito público aproximadamente el 5,5 por ciento del PIB.
Todavía no se sabe muy bien de dónde se recortará o se intentará optimizar el gasto sanitario, pero seguro que el Ministerio de Sanidad está rehaciendo a marchas forzadas gran parte del Plan Estratégico de Política Farmacéutica que tenía que haber presentado hace algunas fechas. Desde la visita del presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, a Davos mucho ha cambiado en la política económica del Gobierno y la sanidad, no tiene visos de quedar excluida del recorte.
Algún dato que apoyaría aún más esta teoría es la poca correlación que, según las previsiones del Gobierno tienen el incremento de la población mayor de 65 años, en relación al incremento previsto de la inversión en sanidad con porcentaje del PIB. Según el Programa de Estabilidad 2010-2013 presentado a la Comisión Europea, subiendo un 60 por ciento el número de ancianos, la sanidad solo crece un 31 por ciento. Es decir, o las previsiones no son realistas o los recortes llegan.






































