El mundo ha recibido con sorpresa y recelo la victoria del polémico candidato republicano Donald Trump, pero lo cierto es que era la mejor opción para la industria farmacéutica norteamericana que, con esta victoria, ve como se aleja el fantasma del temido ‘programa Clinton’ que buscaba controlar el precio de los medicamentos. Las subidas de los valores bursátiles de las principales compañías farmacéuticas tras anunciarse la victoria republicana daban muestra de ello. En Wall Street, Pfizer subía un 6,7 por ciento, Merck un 6,1 por ciento y Novartis un 4,3 por ciento.
Y es que, aunque el ya presidente norteamericano también busca reducir el precio de los fármacos en el país, las formas son muy diferentes. Trump aboga por reducir el coste de los medicamentos con receta a través de permitir la reimportación de medicamentos y el aumento de los genéricos disponibles. En concreto, tiene como objetivo eliminar las barreras de entrada para los medicamentos producidos a nivel internacional y encargar a la FDA la homologación del proceso de aprobación de esos fármacos. Además, buscaría desatascar la acumulación de medicamentos genéricos no aprobados. Además, parece que durante su legislatura finalmente podría aprobarse el cambio legislativo que permita a Medicare negociar precios con la industria.
Estas iniciativas se alejan del control que buscaba aplicar la candidata demócrata, Hillary Clinton, que además de permitir que Medicare negociase precios más bajos, basaba su plan en poner un techo de 250 dólares al mes en el copago de los usuarios y asegurar que las compañías reserven una mayor parte de sus beneficios a la I+D, limitando los gastos de promoción, que en Estados Unidos pueden tener como destinatario último al consumidor. Por otro lado, Clinton llegó a plantear la posibilidad de sancionar a las compañías farmacéuticas que aprueben “incrementos de precios no justificados” para medicamentos que llevan mucho tiempo. Por otro lado, y para reducir el gasto farmacéutico, el plan de Clinton también proponía animar la producción de fármacos genéricos y la importación de medicamentos desde países que ofrezcan estándares similares de seguridad.
Las reacciones de la industria farmacéutica a estas propuestas no tardaron en llegar. El presidente y CEO de Pfizer, Ian Read, aseguraba hace unos meses que estas iniciativas propuestas por Clinton frenarían la inversión para el desarrollo de nuevos medicamentos innovadores y dañarían a los consumidores norteamericanos. Estas medidas “serían un paso hacia un sistema de gobierno en el que un solo pagador impondría los controles de precios sobre los medicamentos de venta con receta”, decía el presidente de la compañía norteamericana. Una postura secundada por el director ejecutivo de Allergan, Brent Saunders, que también mostraba su disconformidad con las propuestas.
Lo que parece que es seguro, si el nuevo mandatario norteamericano cumple con lo prometido en campaña, es que derogará el denominado Obamacare o la Ley de Cuidados de la Salud Asequibles. Este plan ponía en el mercado seguros subsidiarios, financiados a través de más impuestos de los estadounidenses para aumentar la cobertura sanitaria. Como contrapeso, el ya presidente pretende dotar de más autonomía federal a los gobiernos estatales en lo referente a Medicaid.
A esto hay que añadir el hecho de que los republicanos mantengan el predominio en las dos cámaras parlamentarias. Esto parece que le allanará el terreno al 45º presidente de los Estados Unidos para sacar adelante todas las medidas mencionadas durante sus discursos de campaña.
Adiós al TTIP
Pero no todo son buenas noticias para la industria farmacéutica, con el cambio de inquilino en la Casa Blanca parece que se dice adiós también al Tratado de Comercio e Inversión Transatlántico entre la Unión Europea y Estados Unidos (TTIP) que se encontraba hasta ahora en negociaciones. El republicano dejó claro desde el primer momento que no se aprobaría este tratado y, con esta negativa, queda sepultada la posibilidad de que se incluya un anexo farmacéutico propio, tal y como solicitaban las patronales farmacéuticas, tanto en Europa, como en Estados Unidos. De hecho, este capítulo se encontraba hasta ahora en fase de negociación y cuenta desde finales de mayo con dos nuevos documentos, que responden a las propuestas legales presentadas por parte de Estados Unidos y por la Comisión Europea.
El citado anexo, tal y como se desprende del posicionamiento comunitario (no se conocen las peticiones lanzadas por Estados Unidos) se centra en describir las condiciones bajo las cuales cada autoridad competente adopta sus decisiones de autorización de comercialización. Además, promueve la armonización internacional y establece marcos para el reconocimiento mutuo de las inspecciones de las prácticas de fabricación de las compañías, para el intercambio de información confidencial y para la cooperación regulatoria.
El objetivo de este texto específico, en definitiva, era el de armonizar los procesos para acelerar las aprobaciones de innovaciones a ambos lados del ‘charco’ y, así, generar un mayor crecimiento del sector.






































