Sergio Alonso es redactor jefe de ‘La Razón’ | viernes, 05 de julio de 2013 h |

¿Qué dos dirigentes de la industria farmacéutica están peinando el mercado en busca de talentos con los que reforzar su compañía?

¿Qué alto cargo del Ministerio de Sanidad está harto de que no le den bola y se considera como una mera figura decorativa?

¿Qué líder sanitario del Partido Popular se lamenta de que la mayoría de los consejeros del partido no tiene tirón mediático ni político?

¿Apoya realmente el portavoz del PSOE en el Congreso de los Diputados, José Martínez Olmos, los subastazos de la consejera de Sanidad de Andalucía, María Jesús Montero?

No tengo nada en contra de la Sanidad valenciana y de sus dirigentes, más bien, todo lo contrario. Cuando la Generalitat de Cataluña empezó su particular declive, después de años de éxitos e innovaciones que la habían convertido en objeto de envidias de los gestores del resto de España, Valencia, liderada por Joaquín Farnós, supo coger el relevo. Fue por unos años el epicentro de la modernidad administrativa y de la iniciativa emprendedora en Sanidad que tan buen resultado ha dado siempre. El ejemplo máximo de este nuevo espíritu decidido a acabar con el anquilosamiento pasado lo constituyó el Hospital de Alcira. Casi 15 años después, Valencia demostró que aquel modelo era un éxito y que podía exportarse al resto del país, como así empezó a ocurrir, pese al carácter timorato de muchos consejeros de Sanidad de otras regiones. Pero, a pesar de las virtudes, los dirigentes valencianos no siempre aciertan. Fallaron, por ejemplo, a la hora de hacer cuentas. La crisis les arrastró como un tsunami dejando vacías las no siempre bien cuidadas arcas autonómicas. Fruto de ello fueron los injustificables impagos a los farmacéuticos. Ahora, la puede cometer otro error de cálculo de consecuencias mayúsculas: los algoritmos.

A pesar de la lluvia de críticas que ha empezado a caer sobre la consejería, y de las reticencias que suscita en los compañeros de otras regiones que pertenecen al mismo partido, la Agencia Valenciana de Salud ha prolongado su experimento y extenderlo a algunos productos antiulcerosos. Para el que todavía desconozca, conviene aclarar que bajo tal palabra entresacada del mundo de las matemáticas no se encubre más que un intento de frenar la prescripción médica, dificultar su ejercicio en determinadas moléculas, desactivar las autorizaciones que periódicamente realiza el ministerio y arañar unos euros a la voraz industria farmacéutica, a la que, una vez más, se la considera la madre de todos los males, la serpiente que envenena al sistema para recoger luego sus frutos en forma de beneficios. El asunto es de gravedad, porque, lejos de rectificar, la Comunidad Valenciana prosigue su avance inexorable en este terreno. Y lo hace ignorando el nuevo espíritu que pretende imbuir el Ministerio de Sanidad al atomizado SNS. Frente a la “recentralización” de competencias que proponen Ana Mato y Pilar Farjas a través de enmiendas a la Ley del Medicamento, Manuel Llombart y sus lugartenientes siguen empeñados en hacer de su capa un sayo y en convertir los algoritmos en la canción del verano. Los médicos andan muy cabreados, pese a la inexplicable tibieza de las sociedades científicas y organizaciones que les representan, que han protestado con la boca pequeña. Resulta inexplicable que el ministerio no aborte ya el invento, ni que permita su expansión a dos autonomías.