A pesar de los ajustes hay ya autonomías que admiten su incapacidad de afrontar pagos elementales
¿Qué consejero dijo a varios proveedores que diferirá al menos hasta 2013 el pago de lo que sus centros sanitarios compren en 2012?
¿Qué gran patata caliente heredada de Vicente Álvarez Areces se ha encontrado en sus manos el nuevo Gobierno de Asturias?
¿Qué consejero del PP no aguanta a Pilar Farjas y asegura a sus allegados que ignorará muchas de las directrices del ministerio?
¿Le ha pedido ya Cristóbal Montoro a Ana Mato que estudie la posibilidad de nuevos ajustes en Sanidad?
¿A qué espera Sanidad para pronunciarse sobre el estatus de la píldora del día después?
Poco a poco, y de forma muy parecida a lo que sucedió en los meses de julio y agosto del pasado año, se está formando una “tormenta perfecta” capaz de arrojar de nuevo, a la vuelta del verano, una tenaz lluvia sobre la Sanidad española. Los factores que se confabulan contra el sector pueden unificarse bajo la palabra crisis, y son muy fáciles de identificar. El primero lo constituyen las severas dudas que existen en el mercado sobre la fiabilidad de las cuentas de nuestro país. La incertidumbre, que ha llevado la prima de riesgo al letal entorno de los 500 puntos básicos, se debe fundamentalmente a las fallidas reestructuraciones bancarias que se han venido sucediendo en el tiempo, con las subsiguientes aportaciones públicas de capital, y al desfase sucesivo en las cifras de déficit global y autonómico: primero, bajo la égida del PSOE y, después, ya con el PP en el poder, afectando en varias décimas a algunas comunidades. La culpa de este último desfase la ha atribuido el Gobierno precisamente a las facturas sanitarias pendientes de pago a los proveedores.
Otro elemento que agita la grave tormenta que está por venir es el de los negros presagios que se ciernen sobre nuestra economía. Presagios emitidos por los servicios de estudios de las principales instituciones financieras y por la mayoría de los organismos internacionales. Si a un bono español al 6,3 por ciento le añadimos los nubarrones que se ciernen en forma de recesión, el cóctel puede ser explosivo. Pero hay más. A pesar de los duros ajustes efectuados hasta la fecha, hay ya autonomías que admiten públicamente su incapacidad de afrontar pagos elementales. Es el caso de Cataluña, pero llegarán más. También hay malos presagios sobre uno de los factores en los que España sobresalía positivamente con respecto a sus socios europeos: el de la deuda. A la elevación de la misma prevista en los presupuestos, hay que añadir la nueva emisión que tendrá que hacer el Estado a través del FROB para socorrer a los bancos que todavía no han sido saneados en su totalidad. Únanle a todo esto el cierre del grifo del crédito y el disparatado aumento de la morosidad e intuirán hacia dónde se encamina el país.
La conjunción de todos estos factores sobre la Sanidad provocará un efecto perverso. De no mediar milagro, el Gobierno y las comunidades tendrán que acordar obligatoriamente nuevos y más intensos ajustes que los acometidos hasta ahora. Habiendo como hay servicios de salud que se las ven y se las desean para pagar las nóminas, no son descartables nuevos recortes en el llamado capítulo I para ahorrar en gasto público. No es descartable tampoco el incremento del copago, dada que la reciente revisión ha tenido más de ruido que de nueces y apenas reportará ingresos a las arcas públicas. Y no es descartable asimismo una nueva vuelta de tuerca al gasto farmacéutico, pese al drástico estancamiento que ha experimentado en los últimos meses. Los ingresos han caído en picado y es materialmente imposible satisfacer los pagos habituales sin nuevos ajustes.






































