Sergio Alonso es redactor jefe de ‘La Razón’ | viernes, 12 de abril de 2013 h |

¿Qué herramienta al alcance de su mano no supo utilizar la industria para neutralizar el mensaje crítico contra ella que se ha emitido en un conocido programa de televisión?

¿Por qué no interviene el Ministerio de Sanidad en el llamado “negocio” de la receta, que está dejando un importante lucro a alguno de sus promotores, y que podría abaratarse?

¿Qué conocido pediatra se hace de oro con este negocio a través de una empresa en la que supuestamente no participa?

¿Qué dirigente de la industria teme que su central le obligue a reanudar los despidos en la empresa, a la vista de la marcha de las ventas?

O no se entera de nada, o actúa guiado por la indiferencia que confieren las mayorías absolutas, o en realidad aplica una política de nuevo cuño ideada por algún think tank vanguardista cuyos objetivos se nos escapan. Sea como fuere, lo que se percibe sin ningún género de duda es la falta absoluta de coordinación que muestra el PP a la hora de aplicar su política sanitaria, y la idea de que cada dirigente va por libre, sin conexión con los demás. ¿Quién manda realmente en la Sanidad popular? ¿Ana Mato, a la que pocas voces sanitarias de su partido han defendido en plena ofensiva del ‘caso Gürtel’? ¿Pilar Farjas, que es la que corta el bacalao en farmacia? ¿José Ignacio Echániz, el floreciente lugarteniente de María Dolores de Cospedal al que el PSOE hostiga cada vez que abre el pico? ¿Julio Sánchez Fierro, aprovechando sus conexiones en Génova y su gran conocimiento del sector? ¿Mario Mingo o Manuel Cervera, atrincherados en el Congreso? ¿Algún consejero autonómico? ¿Luis de Guindos o Cristóbal Montoro? ¿Soraya Sáenz de Santamaría? ¿Todos? ¿Ninguno?

En el tiempo que el PP lleva al frente del Gobierno predominan los mensajes difusos de sus responsables sanitarios sobre asuntos concretos y se aprecia una descoordinación que desconcierta a los agentes del sector. Da la impresión de que cada dirigente va por libre y de que falta una auténtica unidad de acción que dé coherencia al discurso y una respuesta rápida y contundente a las críticas del enemigo. ¿Por qué modelo de farmacia apuestan los populares? ¿Por el mediterráneo que defiende el ministerio? ¿Por el cubano que se ha sacado de la manga Valencia? ¿Por el liberalizador de Navarra? ¿Por el que rompería el modelo que propugna Economía? La falta de criterio y los contrasentidos son cada vez más palpables. Cada día es más frecuente ver a consejeros que se echan en brazos de sociedades sanitarias que les son hostiles mientras desprecian a reconocidos aliados que se han batido el cobre en su defensa. Con la gestión, sucede otro tanto. Mientras Javier Fernández-Lasquetty arde en la pira que le ha montado Tomás Gómez, los demás consejeros y el ministerio pían por lo bajo el manido pío pío que yo no he sido y virgencita, virgencita, que me dejen como estoy. Las incoherencias y la falta de brújula se producen a veces dentro de las propias comunidades. Resulta sonrojante que Belén Prado o Patricia Flores coqueteen con sociedades científicas claramente afines a la izquierda o que le rían las gracias a la facción del colegio de médicos que ha convertido su sede en un altavoz de AFEM y de los intereses del Partido Socialista Madrileño, sin que nadie en el partido haya tomado todavía cartas en el asunto. No extraña el desencanto y la decepción que se atisba en los sanitarios conservadores. Así no se va a ningún sitio.