Pilar Farjas comunicó a los laboratorios que a los leales les tratará bien y a los que no lo sean mal
¿Qué alto cargo del Ministerio de Sanidad demandó el cambio de sede de Farmaindustria para dar imagen de austeridad?
¿Por qué no se muda entonces el Ingesa?
¿Qué miembro de Farmaindustria se queja de que con el cambio de sede la patronal estará más alejada de los núcleos en los que se toman las decisiones?
¿Se está gestando alguna salida importante en el ministerio?
¿Qué consejero del PP critica al Ministerio de Sanidad por quitarse de en medio ante la oleada de protestas que sacude a las autonomías populares?
Junta directiva de Farmaindustria. ¿Día? 23 de octubre. ¿Lugar? Madrid, en el hotel Los Galgos. Es el estreno de Elvira Sanz y varios directivos de laboratorios farmacéuticos asentados en España aguardan ansiosos de la Administración un simple guiño que devuelva el optimismo al sector, y permita pensar que lo peor de la tormenta ya ha pasado. Frente a ellos no se sienta Ana Mato, que deja para semanas más tarde la foto con la nueva presidenta de Farmaindustria. Está Pilar Farjas, todo colmillo retorcido a cuenta de la campaña que sufrió en Galicia durante la confección del cataloguiño. No olvida, es sabido por los asistentes, pero se espera que ablande el gesto, que no frunza el ceño y que haga tabula rasa del pasado para lanzar mensajes del tipo a lo hecho pecho. A su lado se sienta Agustín Rivero, más comprensivo. Se sabe que goza de fuerza en el ministerio y que, de alguna forma, tiene más poderes de los que aparenta su silencio y hasta su cargo, porque así lo quiere la ministra. Concluidas las conversaciones vacuas, Farjas habla y habla, y deja helados a los asistentes. Mientras Rivero degusta callado su plato, ella expone sus teorías y llena de desaliento a varios CEOS. A más de uno se le atragantan las viandas. No pasa nada porque haya comunidades que no dispensen los medicamentos innovadores que otras sí ofrecen a sus pacientes. Esto no es lo importante. Las divergencias existen en la vida y deben aplicarse incluso a los laboratorios según la lealtad que mantengan con España. A los leales hay que tratarles bien, y a los que no lo sean, mal, viene a decir la gallega, ante las miradas incrédulas de los asistentes.
Farjas sigue con sus mensajes. Al bueno de Esteve le recomienda que se olvide de apostar por las innovaciones no radicales, pese a ser un laboratorio nacional inmerso en la crudeza de una crisis económica sin igual en nuestro país. Solo las innovaciones radicales recibirán buen precio, no invierta en otra cosa, le arenga la representante ministerial, que deja para mejores ocasiones el lenguaje diplomático que suele adornar el habla de los altos cargos. A Sanz, pese a su estreno, también le lanza un recado. Nada de quejas de las centrales por los bajos precios de España. Dígale a su matriz que durante años las multinacionales han ganado mucho, y que ahora nos encontramos en época de vacas flacas. Los buenos tiempos se acabaron y han llegado los malos. Lo comido vale por lo servido, dice, ante las miradas ojipláticas de los asistentes.
El mosqueo es generalizado. La decepción, mayor aún. Ha habido para todos. Los nacionales, desesperados, no saben dónde meterse. Los extranjeros piensan traducir de forma benigna el mensaje del ministerio para que no cunda el pánico en sus sedes centrales. El resumen del almuerzo es sencillo: vienen tiempos aún más difíciles, por lo que sálvese el que pueda. Sanidad pondrá palos en las ruedas hasta que el temporal amaine, y todavía queda mucho para ello. Concluido el encuentro, y efectuadas las despedidas de rigor, muchos de los presentes abandonan el salón, cabizbajos.






































