Sergio Alonso es redactor jefe de ‘La Razón’ | viernes, 19 de abril de 2013 h |

En más de 20 años de profesión he visto casi de todo y conozco bien varios sectores aparte del sanitario. Tanto este como los laboratorios farmacéuticos no son ni mucho menos lo peor. Como en todas partes, chorizos ‘haylos’, pero son pocos y están identificados, porque el sector es un pueblo, a veces con boina, y dentro de él todos los vecinos se conocen. De hecho, apestan cuando se les ve venir desde lejos. Son habas contadas, flor de un día o de a veces, dos. Ni hay un contubernio judeo-masónico de la industria, ni los altos cargos actúan al dictado de las diabólicas compañías farmacéuticas, ni Farmaindustria es un ente opaco desde el que se prepara una sinarquía para regir los designios del mundo, ni existe red invisible alguna que maneje enfermedades, invente dolencias o naderías semejantes. En otros sectores sí hay pinzas, conciliábulos y poder suficiente para manejar hilos, retocar normas y doblegar el pulso a gobiernos de todo signo político. En Sanidad, no, y en la industria, menos. Puede que, sometido a presión, algún jefe de ventas actúe sin escrúpulos. O que un visitador se exceda en sus cometidos. También que, aprovechando sus contactos o la procedencia de su empresa, algún alto directivo presione por todos los medios a su alcance para que el precio de su medicamento tire al alza o para resaltar sus virtudes ante las autoridades. Pero los técnicos de la Aemps no son tontos. Ni los de la dirección general de Farmacia. Contra el vicio de pedir, está la virtud de no dar. En serio. No hay más, y el que se empeñe en buscarlo actúa guiado por ideas preconcebidas y por reminiscencias de tiempos pasados, en los que sí hubo abusos, tarugazos y viajes fastuosos a congresos paradisiacos con médicos que se dejaban querer de por medio. Pero eso ya se acabó.

Si quieren corrupción sanitaria es más fácil encontrarla en ámbitos más recónditos y todavía menos mediáticos. Es más, muchas veces la industria asiste atónita a peticiones insólitas del presidente de alguna sociedad científica o de algún jefe de servicio. Me consta que la respuesta suele ser negativa, porque los valores se transforman y la gente de ahora ya no es la de antes. Los tiempos cambian, y aunque corruptos ‘haylos’, no son la norma. Paso la mano por el lomo de la actual industria porque creo que gozo de legitimidad suficiente para hacerlo. Han sido muchas las informaciones que han levantado ampollas en este subsector. He despertado iras, enervado a directores generales y soliviantado a más de un preboste de la patronal. Pero es lo normal en estos casos. Conservo mi empleo y también las piernas. Nadie ha utilizado oscuros poderes para destruirme. A diferencia de otras parcelas sanitarias, la industria en España es mucho más seria de lo que la gente se cree. No hay que confundir las partes con el todo ni recurrir a leyendas urbanas como la del jardinero fiel.

¿Qué papel determinante jugó la directora de comunicación de una multinacional para que Farmaindustria fuera la que respondiera al periodista Jordi Évole?

¿Para qué compañía trabajaba la visitadora que apareció en el programa?

¿Por qué fue despedida?

¿Por qué no denuncia Joan Ramón Laporte los casos de corruptelas en la industria si tiene conocimiento de ellos?

¿Qué médico ha sido enchufado por su mujer en una comisión deontológica? ¿Cuánto cobra por asistir a ella?