¿Qué directivo de la industria está implantando una auténtica revolución silenciosa en su compañía, con el fin de quitarle “casposidad”?
¿Hay alguna otra razón de fondo en la salida de Manuel Cervera de la portavocía de Sanidad del PP en el Congreso?
¿Qué ex líder sanitario de CiU está muy quejoso con la actuación de Boi Ruiz? ¿Por qué?
¿Qué capital europea aguarda a un conocido sanitario del PP?
¿Qué ciudad del norte de España ha acogido estas vacaciones a algunos de los principales prebostes de la Sanidad?
Aunque siempre ha habido consejeros tiquismiquis que han causado la repulsa de agentes del sector, pocos han logrado una opinión unánime tan contraria como María Jesús Montero. Inteligente como pocos, y muy hábil en la distancia corta, la titular de Salud andaluza se ha caracterizado por llevar al extremo el laboratorio sanitario en el que el PSOE convirtió a esta comunidad, enervando por igual a laboratorios y farmacéuticos, a médicos y enfermeras. Si revisamos lo hecho durante su estancia en la Consejería veremos que sus políticas no han convertido a Andalucía ni en la punta de lanza de la excelencia clínica, ni en adalid de la calidad, ni en el territorio ahorrativo por excelencia. Hoy, la comunidad supera con amplitud la demora media nacional para intervenciones quirúrgicas, cercena a los médicos la posibilidad de prescribir algunos fármacos privando a los pacientes el acceso a determinadas marcas, y descabala un ejercicio sí y otro también sus cuentas, como evidencia su consejera de Hacienda, la ex sanitaria Carmen Martínez Aguayo en el Consejo de Política Fiscal y Financiera.
Como telón de fondo subyace la eterna idea de una facción trasnochada de la izquierda de que el sector sanitario es foco de dispendio y amigo fiel de la derecha. Fruto de esta particular cosmovisión late la percepción de que los médicos son correas de transmisión de la industria y un estamento afin ideológicamente al PP, de que la enfermería suspira más por Javier Arenas y los prebostes populares que por el chavismo, el griñanismo, Zarrías y la izquierda andaluza, y de que los laboratorios y farmacéuticos son capitalistas sin escrúpulos que se forran a costa de la población con remedios-crecepelo de simple efecto placebo. Si echan la vista atrás y revisan la política de Elena Salgado en el Ministerio encontrarán paralelismos en esta forma de pensar. Las redes sociales también echan humo con esta particular filosofía.
María Jesús Montero convirtió este verano Andalucía en capital de los recursos sanitarios a costa de las alternativas terapéuticas equivalentes. Aunque prevalezca una loable intención de reportar ahorros a las arcas, llama la atención que la comunidad que regaló comidas y cenas pantagruélicas con el dinero público a centenares de satélites del UGT para conformar lo que podría llamarse una red de clientelismo eche mano una vez más de la industria para ajustar sus cuentas. Es lógico y normal el cabreo de Farmaindustria, el de las compañías afectadas y el de los médicos, empezando por los oncólogos: por mucho que se empeñara Montero, dos medicamentos que comparten indicación no tienen por qué ser iguales. De hecho, no lo son. Y sin están autorizados por el Ministerio, pueden y han de venderse, siempre que los facultativos estimen ventajas terapéuticas evidentes en su prescripción. Lo contrario es un brindis al sol condenado a acabar petrificado en los tribunales. El cambio en la Consejería era imperativo desde hace meses.






































