Sergio Alonso es redactor jefe de ‘La Razón’ | viernes, 26 de julio de 2013 h |

¿Qué consejería de Sanidad del PP está hecha unos zorros y es objeto de críticas hasta por los más acérrimos seguidores de esta formación?

¿Qué consejero de Sanidad del PP apenas pisa por su despacho y se pasa más de cuatro días a la semana en Madrid?

¿Qué sanitario del PSOE puso el grito en el cielo cuando conoció el apoyo público de la OMC al modelo Muface?

¿Qué ilustre dircom se ha pasado al mundo de la cerveza?

¿Qué ministro es ahora partidario de modernizar la farmacia, pero no de liberalizarla?

Ayuna como está España de canciones de verano martirizantes como con las que nos obsequiaba Georgie Dann, las autoridades se aprestan a proporcionar nuevas melodías pegadizas con las que poder bailar. En la política general, la canción del verano viene de Luis Bárcenas y los papeles contables que el ex tesorero del PP reparte a golpe de ventilador. En Sanidad, la canción del verano, el bimbó que hace temblar las piernas de los directivos de la industria y provoca la gota gorda a los médicos son las llamadas alterativas terapéuticas equivalentes. La canción la puso de moda Andalucía pero han empezado a sumarse al pegadizo soniquete otros consejeros de Sanidad. Consciente de que el meneito de la subasta entraba ya en declive al calor de la barbacoa que le montó el Ministerio de Sanidad en el Tribunal Constitucional, María Jesús Montero se empeña en continuar en la lista de consejeros más oídos y se ha sacado de la manga un eufemismo tan endiablado como perverso, que sacude martilleante por igual los tímpanos de las compañías y de las sociedades científicas, el de los colegios y el de los facultativos individuales, que son los que, a fin de cuentas, tiran de receta para apaciguar a la avalancha de pacientes a la que se enfrentan en un contexto de plantillas menguantes.

El eufemismo encubre un intento de asestar un golpe sin precedentes a algunas marcas comerciales de medicamentos, cercenando la libertad de prescripción del médico, antaño sagrada y hoy ignorada. Supone mandar al limbo el principio de que dos moléculas no son idénticas por el mero hecho de que atiendan una misma indicación. Y si lo son, ¿qué sentido tiene que el ministerio autorice ambas? Es normal, lógico y plausible que oncólogos, médicos de familia, hematólogos, asociaciones de pacientes, OMC y un nutrido grupo de especialistas pongan el grito en el cielo, hagan aflorar las críticas y exijan a las autoridades que pongan fin a la canción. Aunque ha habido acometidas constantes contra la libre decisión del médico a la hora de prescribir, algunas insultantes como el bloqueo informático de las recetas o los algoritmos, lo cierto y verdad es que ninguna fue tan hiriente, acientífica y peligrosa como la que suena estos días. En caso de contraindicaciones, reacciones adversas o fallecimiento, ¿quién responde ante el paciente, la autoridad que ordena la sustitución del fármaco por uno supuestamente equivalente pero no idéntico, o el médico al que se ordena ejecutar la sustitución? Resulta obvio acometer una ofensiva profunda para la racionalización del gasto, que pula ineficiencias, acote las facturas e introduzca criterios de coste-efectividad. Pero hacerlo por esta vía no es de recibo, porque si algo está claro, es que dos medicamentos no son nunca iguales por el hecho de que estén destinados a combatir la misma dolencia.