Ángel Calvo
Consultor de la industria farmacéutica
| viernes, 09 de mayo de 2014 h |

Con las cuartas subastas convocadas por el Servicio Andaluz de Salud (SAS), y con las anteriores tres en marcha, podemos realizar un breve análisis de la situación creada en el mercado farmacéutico.

Por un lado las compañías que han concurrido a las subastas presentan unos crecimientos en ventas espectaculares, a menudo del mil por ciento tanto en volumen como en valores. Estas compañías pueden clasificarse en dos grupos. Aquellas nacionales, de escasa capacidad financiera, que han aprovechado las subastas para crecer a bajo gasto comercial (o ninguno) y generar un flujo de caja impensable de otra forma. O, las multinacionales que llegaron retrasadas al mercado español, y han visto en las subastas una forma de irrumpir en el mercado de forma rápida y explosiva.

En ambos casos la justificación es la misma: “No teníamos otro remedio”. Podemos entenderlo pero no compartirlo, siempre hay otra opción en la vida de empresa.

Por otro lado el desencanto entre los responsables del SAS es notorio, pues más allá de la declaración política estridente, lo cierto es que los objetivos de ahorro no se han alcanzado, fundamentalmente porque cubrir la licitación al 100 por cien de moléculas es imposible si no se presentan todas las empresas, y la gran mayoría no ha acudido. Y en segundo lugar porque la capacidad de suministro sin fallos es también imposible si solo se juega con unas pocas empresas.

Y sin olvidar que hay varios recursos pendientes de fallo judicial, presentados por asociaciones patronales, profesionales y el propio Gobierno Central. Desde julio del 2013, la Ley 10/2013, de 24 de julio, en sus artículos 34 y 35, impide de facto las subastas convocadas de forma territorial, si bien abre la puerta a unas subastas nacionales. Por tanto, no se explica esa demora judicial en emitir un fallo, o medidas cautelares. Lo que se demanda es que se pronuncien ya, pues el estado de inseguridad jurídica creado es muy peligroso. Incluso para las compañías en subastas es precisa una celeridad en esto, deben preparar el futuro.

Las empresas en subastas están ahora viviendo un pequeño y feliz sueño, y dependiendo de las dosis de realismo de su gerencia, el mensaje es muy variable. Desde aquellos que sinceramente creen que han ganado cuota de mercado hasta los que saben que es una situación coyuntural, que han de aprovechar para construir un futuro más sólido. En el primer grupo se oyen aserciones que provocan asombro, como afirmar que una vez conseguidos tratamientos, estos no iban a perderse, aún en el caso de que las subastas se anulasen por los Tribunales. Quizá se han olvidado del alto nivel de sustitución que caracteriza al mercado andaluz. Y también olvidan que el precio que se paga por estar en estas subastas es perder el resto del mercado nacional.

El segundo grupo, los realistas, ya trabajan para la eventualidad de tener que vivir sin subastas, y operar como los demás; saben que va a ser costoso, pero cuentan con la caja generada por las subastas para ese segundo y definitivo paso. Por ejemplo, una compañía como Aurobindo que acaba de adquirir las filiales de Actavis de algunos países de la UE, España incluida, puede situarse en una posición de ventaja estratégica y actuar en dos frentes.

Pero es “rara avis”. Gran parte de ellas incluso han hecho llegar mensajes muy distorsionados a sus centrales en otros países. Así, suelo tener conversaciones con directivos extranjeros en las que me transmiten un optimismo infundado, con una realidad irreconocible. Han entendido que las subastas son a nivel nacional, no regional. Que son para siempre, no limitadas a dos años. Y lo peor, creen que solo BIG PHARMA no ha acudido, cuando la realidad indica que las grandes de genéricos tampoco han licitado. Exponen como ejemplo las subastas alemanas, que son muy distintas a las andaluzas, pues las convocan varias aseguradoras, no un organismo estatal como la Junta de Andalucía.

En consecuencia, las subastas han salvado situaciones empresariales complicadas, y han dotado de caja a aquellas empresas que andaban escasas, aparte de inyectar confianza a multinacionales que no creían mucho en nuestro mercado. Pero todo eso es coyuntural, y por usar el lenguaje al uso es “cortoplacista”. Ahora, hay que tener un plan que permita usar dicha caja para un medio y largo plazo, es decir, lo de siempre, tomar riesgos de inversión en activo circulante: más stock para evitar roturas, más empleo en forma de redes comerciales y más y mejores servicios para el cliente, que no es el SAS, sino farmacéuticos y mayoristas. Y si lo desean, en Nuevas Tecnologías, de las que ‘farma’ anda más bien escaso.

Todo menos la simplista afirmación, elevada a la categoría de dogma: “Si gano subastas, ¿para qué necesito invertir?”. No hay proyecto empresarial que no necesite inversión, salvo en la mente de determinados círculos de opinión que sacralizan la “empresía”, o “emprendeduría”, que vaya usted a saber qué significa eso. Así, algunos gerentes de empresas de genéricos me manifiestan su inquietud, pues su Consejo de Administración les niega las inversiones en capital humano basándose el simplismo anteriormente referido.

Tampoco parece buena estrategia ponerse muy al lado del actual poder político en Andalucía, pues las reacciones de dichos responsables políticos que leemos en los medios son bastante básicas, como el consabido “ataque contra todos los andaluces”, o la “conjura anti-andaluza”. Y por encima de todo, el noviazgo político que trae consecuencias indeseables, las famosas trampas saduceas. ¿Está en contra de las subastas? Si no se contesta un rotundo no, el interlocutor contraataca: Luego está en contra del ahorro público y del bien común.

Las subastas no ahorran mucho, como dije, pero pueden generar riqueza en forma de inversión en circulante, no hay que inventar nada.