Abandonado el concepto de “cumplimiento”, que implicaba de alguna forma culpabilizar al paciente, se utiliza el término “adherencia”, definido por la Organización Mundial de la Salud como “el grado en que el comportamiento de una persona (tomar el medicamento, seguir un régimen alimentario y ejecutar cambios del modo de vida) se corresponde con las recomendaciones acordadas de un prestador de asistencia sanitaria”.
Los métodos actuales para valorar la adherencia terapéutica tienen sus limitaciones. Los directos, como el sencillo test de Morisky-Green, que puede sobrevalorarla, o el de Haynes-Sackett, con el que sucede lo contrario, y los indirectos, como el de ver si retira o no los medicamentos de la oficina de farmacia (ello no asegura, sin embargo, que el paciente los tome), el recuento de comprimidos, los resultados terapéuticos o la aparición de efectos adversos.
Es un problema sanitario de gran magnitud, al que no se ha dado todavía una respuesta efectiva. Los datos de no adherencia de los diferentes estudios, fundamentalmente en pacientes crónicos, son escalofriantes y bien conocidos, rondando en España el 50 por ciento, incluyendo abandono o discontinuidad del tratamiento, o cambiar, por exceso o por defecto, la pauta prescrita.
Si no se cumplen los objetivos de la terapia, el paciente no mejora o empeora su salud, y debe ser atendido, lo que ocasiona un incremento impresionante del gasto sanitario, cifrado en más de 11.000 millones de euros anuales en España y las pérdidas derivadas de la consiguiente abstención laboral.
Se discute si el copago farmacéutico es una causa de incumplimiento, con datos contradictorios, y no es el olvido de tomar la medicación la causa principal, como podría creerse, sino otras como desconfianza por falta de información y desconocimiento de la enfermedad por parte del paciente, ausencia de síntomas alarmantes, terapias complejas, aparición de efectos adversos, deterioro psicológico o cognitivo y, en general, la falta de seguimiento adecuado del paciente por parte de los profesionales sanitarios y su no asistencia a las citas programadas.
Es fácil deducir que, junto con la responsabilidad del médico en informar correctamente y prescribir adecuadamente, adaptando el tratamiento a las características del paciente e, incluso, acordándolo con él en relación a sus características (podríamos llamarle adherencia preventiva), y la de enfermeras o farmacéuticos de hospital en contactos esporádicos con el paciente, el papel del farmacéutico comunitario es clave. Conoce al paciente personalmente, lo ve con cierta frecuencia, y teóricamente es quien más sabe de medicamentos, aunque eso hay que demostrarlo cada día.
Por otra parte, la cercanía al paciente de nada sirve si el farmacéutico no realiza una dispensación realmente activa, y no dispone de un espacio aparte del mostrador (zona de atención personalizada) para atender al paciente correctamente. Es cierto que habría que liberarle de mucha de la carga burocrática que le ahoga, junto con los impagos y las medidas de recorte, y facilitarle medios para luchar contra la no adherencia; algo tan simple como una alerta de primera dispensación en la receta electrónica, proporcionaría aviso de que hay que sentarse con el paciente para averiguar si sabe para qué se le ha prescrito el tratamiento y si conoce su problema de salud; si conoce y comprende la pauta, que se puede asociar a determinadas rutinas diarias; si conoce el manejo, cuando se trata de medicamentos complejos, instruyéndole mediante dispositivos de prueba; programar un contacto posterior para revisar todo ello, junto con las pautas higiénico-dietéticas y la prevención y detección de problemas relacionados con los medicamentos. Y, cuando sea necesario, ofrecer el servicio de SPD (sistemas personalizados de dosificación), un magnífico sistema bien conocido y valorado para facilitar la adherencia, que deberían prestar la mayoría de las oficinas de farmacia españolas.
En resumen, se puede afirmar que es fundamental, además de que el médico prescriba en relación con las características del paciente y de acuerdo con él en lo posible, que el farmacéutico comunitario tome un papel activo en el apoyo a la prescripción y el seguimiento de los tratamientos establecidos a sus pacientes y, en ambos casos, recuperar su confianza, ofreciéndoles una mayor información sobre su patología y su tratamiento.






































