Pregunta. Choca un rostro tan joven al frente de una entidad promotora de un arte milenario.
Respuesta. Sí, puede chocar. Cuando me propuso la junta para el cargo creí que les habían echado algo en el agua o que todos estaban bajo enajenación mental transitoria. Al principio sentí algo de vértigo, pero ya está superado.
P. Empecemos desterrando falsos mitos. No sois los ‘carcas’ de la profesión, ¿verdad?
R. Siempre pongo el mismo ejemplo: si hablamos de fórmulas, suena a pasado, pero si hablamos de medicamento individualizado, suena a futuro. Es un error pensar que los formulistas pretendemos volver a la época del mortero. Sería como desinventar el fuego o la rueda. Sabemos que la industria es, a día de hoy, la base de todo. ¡Bienvenida sea! Pero no llega a toda la población.
P. ¿La Galia farmacéutica también necesita sus Panoramix?
R. Sí, porque esa industria no llega a esos casos concretos. La formulación magistral es la excepción a la norma, pero una excepción necesaria. No conviene olvidar que los grandes laboratorios nacieron en reboticas.
P. Ya sabes cómo andamos en España de memoria histórica…
R. Sí, pero en este caso no es solo un problema de nuestro país ni de los llamados modelos mediterráneos. Cuando apareció la industria farmacéutica hubo cierta amnesia respecto al pasado. El último país que prohibió la formulación fue Estados Unidos. Pues bien, al año siguiente volvió a autorizarla.
P. Una duda. ¿Tus primeros pinitos fueron con el Quimicefa?
R. Sí, lo tenía, pero no le daba el uso correcto. Si se indicaba que algún aparato no se podía calentar, yo lo hacía. Eso originó alguna que otra explosión descontrolada. Algo parecido me ocurría con las emulsiones. De pequeño me obsesionaban. Siempre me decían que había que darle vueltas hacia un mismo lado para que enfriase, hasta que un día pensé: ‘¿y por qué no hacia el otro?’
P. Quimicefa, un clásico. La formulación, otro. ¿Tú también?
R. No tiendo a ser tradicional, pero lo que no hago es obviar lo clásico por su condición de clásico, como sí hace mucha gente.
P. Sigo probándote. Por ejemplo, en música, ¿no sigues entonces a clásicos como Fórmula V?
R. No, y tampoco me gusta la radiofórmula, aunque no todo lo que suena en la radio es inservible. Soy más de rock sureño americano.
P. ¿Cuál es tu particular Sweet Home Alabama?
R. Mi sweet home estaría formada por varias alabamas. Podría estar en Galicia, donde pasaba los veranos cuando era niño. Pero tampoco puedo olvidarme de Córdoba, donde resido; ni de Granada, donde estudié.
P. ¿La formulación es como un viejo rockero que nunca muere?
R. Sí, porque aunque intentan dejarlos en el olvido, la evidencia sobre su calidad surge sola y se mantienen en la palestra.
P. La última. ¿Sabrías decirme la fórmula de la felicidad?
R. Por un lado, no tomarse nada tan en serio como si nos fuese la vida en ello. Por otro, no hacer caso a todo lo que se piensa. A todo ello le añadiría un principio activo fundamental como la suerte. El resto de la fórmula se completaría según cada paciente.
Martín Muñoz (Córdoba, 1970) preside la Asociación Española de Farmacéuticos Formulistas (AEFF) o, lo que es lo mismo, “el origen de la Farmacia”, tal y como recuerda quien de niño ya se veía en estos lares al pasar horas en el laboratorio familiar. Es de sangre motera, la que le ha llevado a recorrer “media Europa”, con la ruta Córdoba-Noruega como estandarte, con espíritu aventurero, “de los que apenas miran mapas y guías, y no les importa saber dónde dormir”. Si le pillamos en su casa, es probable que también esté elaborando recetas. En este caso, en la cocina. “Son las únicas en las que un formulista tiene vía libre para dejar su toque”, dice.






































