scott arlington Washington Pidió a sus votantes cuatro años más y ya los tiene, si bien su reelección no tiene nada que ver con la abrumadora victoria de 2008. Las lágrimas de Barack Obama tras conocer los resultados electorales son la evidencia de un milagro que no se puede desaprovechar. La crisis también ha pasado factura al presidente de Estados Unidos, que ha visto cómo en su primera legislatura la economía se estancaba, los problemas fiscales crecían, el paro aumentaba y se diluían las expectativas de su promesa estrella. Tras la victoria demócrata, la reforma sanitaria, el Obamacare, tiene pista libre, o casi, para despegar. Las derrotas del partido republicano tienen mucho que ver en ello. Su férrea oposición en el Congreso logró descafeinar la reforma sanitaria, pero no anularla. El aval del Tribunal Supremo supuso el primer varapalo a la promesa de Mitt Romney de derogar el Obamacare si ganaba las elecciones. Conscientes de que ya no será posible volver a plantear la anulación, los republicanos se han visto forzados a abandonar cualquier esfuerzo por derogar la norma. De todas, todas, “el Obamacare es la ley”, como dijo el presidente republicano de la Cámara de Representantes, John Boehner. Pero esto no elimina todas las amenazas a la reforma. Si algo logró el Tea Party fue instalar la incertidumbre sobre los beneficios del cambio. La Sanidad fue el segundo asunto electoral más importante de la campaña, y las encuestas demostraron que solo el 51 por ciento de la población creía que Obama gestionaría mejor la Sanidad que Romney. Una mayoría demasiado justa que obliga a poner toda la carne en el asador. Hasta ahora, Obama solo ha dicho que la reforma entraría en vigor en 2014, pero no ha concretado cómo. Tras las elecciones, la carrera por aprobar la ley se ha convertido en un sprint para implementarla. Todos los que no poseen seguro disponen de once meses de infarto para lograr la cobertura, una tarea titánica para la secretaria de Salud, Kathleen Sebelius, si los gobernadores no colaboran. Estos deben decidir si manejan ellos la puesta en marcha de la reforma, o bien ceden el control al Gobierno federal, o establecen algún tipo de parteniariado. Algunos, como Rick Perry, de Texas, o Rick Scott, de Florida, ya han dejado claro que no está en su ánimo ayudar. Además, la Casa Blanca debe asegurarse la extensión de los seguros privados y salvaguardar la ley de los recortes presupuestarios que los republicanos demandarán de seguro. Obama tiene poco tiempo y mucho en contra, y lo sabe, para acabar de imponer la ley que promulgó en honor a su madre, quien tuvo que discutir con las aseguradoras incluso mientras luchaba contra el cáncer durante sus últimos días de vida. El futuro de la reforma determinará si las lágrimas de Obama eran la premonición de un hito frustrado o el homenaje al trabajo, desde Teddy Roosevelt hasta Franklin Roosevelt, desde Harry Truman hasta Lyndon Johnson, desde Bill y Hillary Clinton hasta el senador Ted Kennedy, que a lo largo de generaciones han intentado remover, sin éxito, los anquilosados cimientos de la arquitectura sanitaria estadounidense. viernes, 16 de noviembre de 2012 h






































