| viernes, 29 de enero de 2010 h |

Antonio González es periodista del diario ‘Público’

En los últimos días la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha tenido que salir al paso de las críticas del Consejo de Europa sobre su gestión de la crisis de la gripe pandémica H1N1. El asunto reviste su gravedad, teniendo en cuenta no sólo la naturaleza del organismo europeo, sino la intensidad de las críticas realizadas. Sin ir más lejos, el máximo representante de la Comisión de Salud del Consejo, Wolfgang Wodarg, no tenía ningún reparo al indicar la semana pasada que ya “no se puede confiar” en la OMS a la hora de establecer la intensidad de una pandemia después de se haya equivocado con la gripe aviaria, primero, y con la H1N1, después. Tanto en uno como en otros casos, la amenaza era en realidad “una mentira”, según el responsable europeo. Para Wodarg, la razón de la actuación errónea de la OMS se debe a un factor esencial: la presión de la industria farmacéutica en el marco de una estrategia dirigida a vender millones de vacunas en todo el mundo.

En este caso, parece evidente que la OMS ha seguido ese principio clásico de que lo mejor es curarse en salud, y ha preferido poner la venda antes que la herida, y está bien hecho. Desde el principio fui escéptico acerca de la intensidad y gravedad de la pandemia de gripe que en la primavera pasada nos decían que iba a diezmar a la humanidad. Sin embargo, si hay algo claro en todo este asunto es que en los momentos en los que hubo que tomar las decisiones nadie las tenía todas consigo. Al final resulta que, al menos por ahora, y afortunadamente para todos, la gripe A está siendo excepcionalmente benigna, y por eso nos planteamos hasta qué punto los miles de millones de euros gastados en vacunas no han sido de alguna forma tirados a la basura. Pero ¿qué hubiera pasado si el peor escenario se hubiera cumplido? ¿No estaríamos ahora reclamando a la OMS una mayor diligencia y una mayor presión sobre la industria para acelerar el ritmo de producción de vacunas y antivirales?

Pero, por otro lado, no hay que perder la perspectiva, y en temas de salud pasa mucho, sobre todo si formamos parte de los privilegiados que viven en el mundo rico. No creo que ni en el peor de los escenarios la pandemia de gripe, que parece haberse quedado en nada en Europa, hubiera sido responsable de más muertes que otras dolencias perfectamente prevenibles que, para su desgracia, sólo afectan a las poblaciones de los países más desfavorecidos. La diarrea infantil, por ejemplo, mata cada año a 1,5 millones de niños, más que el sida, la malaria y el sarampión juntos, según datos de la misma OMS que ha gastado millones en frenar la gripe A, por ahora responsable de menos de 15.000 muertes en todo el mundo. Se me podrá acusar de demagogo, de simplista o de pesado por machacar con lo mal que lo pasan en el mal llamado Tercer Mundo, pero en temas como éste la OMS, y sobre todo los países ricos que la sostienen, deberían pecar por exceso, al igual que han hecho con la gripe, ya que aquí sí se puede hacer mucho con muy poco.