alberto cornejo Granada | viernes, 13 de diciembre de 2013 h |

El 15 de noviembre, el Consejo de la UE aprobó la modificación de la directiva 2005/36 de Reconocimiento de las Cualificaciones Profesionales, una norma que amplía las funciones del farmacéutico más allá de lo relacionado con el medicamento, abarcando campos como los servicios asistenciales y la salud pública. Ello implica definir más exactamente cuáles son las competencias de este profesional y asegurar criterios de calidad comunes en toda Europa para su formación. Con este objetivo se ha puesto en marcha el proyecto Phar-QA, en el que está implicado un consorcio de universidades europeas, entre ellas la Universidad de Granada. Antonio Sánchez, catedrático y coordinador de Phar-QA para el sur de Europa, analiza para EG sus objetivos.

Pregunta. En líneas generales, ¿qué persigue este proyecto?

Respuesta. La nueva directiva europea ampara el desarrollo de las competencias máximas generales de la profesión. Ahora, nuestra labor a través de Phar-QA será clarificar qué competencias son propias del farmacéutico europeo y hacérselas saber a todas las instituciones docentes y gobiernos implicados.

P. Estos objetivos son similares a los del antiguo estudio Pharmine. ¿Es una continuación?

R. Sí, incluso la mayoría de los participantes en Phar-QA también fuimos colaboradores en Pharmine. No obstante, ese estudio analizaba cuál era la situación de la Farmacia en Europa pero desde un ámbito más universitario. Ahora, el objetivo es más amplio: saber qué quiere ser la Farmacia europea. Y ello implica a todas las partes que la conforman.

P. En su opinión, ¿qué quiere o qué debe ser la Farmacia europea?

R. Creo que uno de sus retos prioritarios es definir la farmacia comunitaria, que es el principal destino profesional del farmacéutico europeo. En este ámbito, la tendencia es volver a lo antiguo. Es decir, a formar equipo con el médico y tomar decisiones conjuntas sobre los tratamientos.

P. ¿Y fuera de este ámbito?

R. Hay muchas otras áreas profesionales que ni siquiera están contempladas en la directiva europea y eso provoca desconcierto entre la profesión. Por ejemplo, especialidades como la farmacia hospitalaria, análisis clínicos o farmacia industrial están cambiando sobremanera y sus competencias no están especificadas, lo que provoca injerencias profesionales. Es el momento de clarificar esas especialidades en toda Europa.

P. La diferencia de modelos farmacéuticos europeos, ¿es un problema añadido?

R. No lo creo. Al menos no sería un problema insalvable. La labor de los profesionales dentro de esos modelos es semejante. Las diferencias son de tipo regulatorio. De hecho, la propia directiva europea otorga un plazo de tres años a los Estados miembro para que eliminen las restricciones a la libre circulación de profesionales o, al menos, las justifiquen.

P. Facilitar la movilidad de los farmacéuticos mediante un reconocimiento global de capacidades, ¿es más importante en el contexto económico y laboral actual?

R. Por supuesto. El actual contexto económico es una oportunidad fantástica para reconocer las especialidades en Farmacia que no se reconocen en todo el continente. No cabe duda que ese reconocimiento común facilitaría la movilidad. Es el momento para facilitarla. Por ejemplo, una de los objetivos futuros de la nueva directiva es la creación de una tarjeta electrónica para los farmacéuticos europeos para que, a través de ella, se pueda conocer, y reconocer, automáticamente la acreditación profesional. Con esa tarjeta, el farmacéutico estaría capacitado de manera inmediata para ejercer e implantarse en otro país.

P. ¿Desconfían los estados de los méritos que acredita un profesional foráneo?

R. No es desconfianza, sino desconocimiento. Yo mismo, desde mi puesto en la universidad, he visto muchos currículum en los que me he cuestionado en qué consistía la capacitación que reflejaba, quién la acreditaba… Todas esas dudas quedarían resueltas con una homogeneización de la formación y la definición y reconocimiento global de las especialidades.