A3Media viernes, 18 de diciembre de 2015 h
Nos premian los farmacéuticos y doy las gracias. Quiero, en primer lugar, felicitar a los otros premiados, Felipe Trigo, a los familiares de Prudencio Rosique, Iñaki Linaza, Miguel Ladero, Carlos Lacadena y Ana Aliaga. Y muy especialmente a la Presidenta de la Federación Internacional Farmacéutica, la FIB, Carmen Peña, por su Medalla de Oro y, sobre todo, por su eficaz trabajo dentro de la Organización Colegial y en el marco de las relaciones con todas las Instituciones del Estado.
Cuando terminé la carrera de medicina quedaban entre 3 y 6 meses para incorporarme al servicio militar. Fue entonces cuando mi padre me indicó dos consejos. El primero consistió en estimularme a que me fuera a un pueblo a realizar una sustitución para que así aprendiera a conocer la dureza de la Atención Primaria y la relación con los Especialistas. De tal manera que cuando yo consiguiera la especialidad de ginecología pudiera entender mejor las notas, escritos o diagnósticos que pudiera recibir de los médicos de APD.
Seguí ese primer consejo y me instalé con mi flamante fonendo y mi bloc de recetas con mi nombre a estrenar en un pueblo de la Sierra de Tramontana de Mallorca conocido como Esporlas. Un lugar paradisiaco a 15 kilómetros de Palma con algo más de 4.000 habitantes. Un pueblo que vivía de la agricultura y la ganadería.
Fue entonces cuando mi padre me dio el segundo consejo. Un consejo extraordinario. Fue el día que me despedí para instalarme en la consulta del recién jubilado médico del pueblo conocido como Don Sebastián.
Mi padre me dijo, “lo primero que tienes que hacer es ir a ver al farmacéutico “. Y allí llegué yo, lleno de ímpetu y coraje, a una pequeña placita, a ver y saludar, a presentarme en definitiva, al farmacéutico Gamundí. Un increíble personaje que podía haber salido de una novela de Valle-Inclán. El mobiliario era de principios de siglo. Allí no había ni informática, ni recetas electrónicas, ni códigos de barras. Pero Gamundí tenía pasión por la farmacia y se amontonaban prodigiosamente multitud de fármacos mezclados entre aparatos y montañas de pócimas para distintas prescripciones, todo aparentemente caótico. Pero Gamundí cuando yo le pedía qué tenía para un paciente o para otro, automáticamente extendía su mano y me entregaba, con una precisión magistral, la más perfecta terapéutica que se podía indicar.
Gamundí y yo pusimos al pueblo en pie y construí un Vademécum notable y notorio, de la misma manera que él empezó a ordenar la farmacia en unas estanterías heredadas de su abuela. Aquella combinación produjo que los abueletes del pueblo se sacasen el sombrero cuando nosotros pasábamos por la calle. Llegué a poner sueros a domicilio y la gente a lo mejor tardaba 15 días más en morirse. Pero se morían igual. Los mayores del pueblo sabían que luchábamos hasta el final y provocábamos con nuestro trabajo una enorme empatía. Sentíamos la felicidad de trabajar los dos en lo mismo, el paciente. Esa fue mi primera farmacia, y como no, quizás la primera sensación de vivir la Farmacia Comunitaria. Seguro.
Los mayores del pueblo sabían que el farmacéutico y yo luchábamos hasta el final y provocábamos con nuestro trabajo una enorme empatía en los pacientes






































