Dr. Bartolomé Beltrán, director de Prevención y Servicios Médicos del Grupo Antena3 | viernes, 24 de mayo de 2013 h |

Estuve en el Colegio de Farmacéuticos de Valencia. Se trataba de una ponencia de epigenética. Me la preparé a conciencia. Nos convocaba el Laboratorio Quinton, principal dispensador de ese líquido elemento súper-elaborado y microfiltrado, esa “bendita” agua de mar. Que no es esa otra en la que nos bañamos en las playas. Lo mejor fue la charla que mantuve vis a vis con María Teresa Guardiola, esa presidenta luchadora y entregada a la causa dadas las turbulencias del colectivo en ese espacio comunitario de Valencia.

La actitud de la presidenta de los farmacéuticos valencianos define su personalidad porque su talante es de esperanza en el peor momento de la crisis. “Yo creo que saldremos y que volverán las cosas al origen”. Me lo contaba haciéndome notar que las veinticuatro horas del día eran pocas para poder transmitir a sus colegiados lo mejor de la botica del futuro.

Así que como el ambiente era propicio me adentré en los conceptos básicos transmitidos por los expertos que han intentado definir la epigenética. A menudo se atribuye a Conrad Waddington la acuñación del término “epigenética” en 1942. En el siglo XXI, la definición más comúnmente encontrada del término es “el estudio de cambios heredables en la función génica que se producen sin un cambio en la secuencia del ADN”.

Para Thomas Jenuwein, director en el Instituto Max Planck, “la diferencia entre genética y epigenética probablemente puede compararse con la diferencia que existe entre escribir y leer un libro. Una vez que el libro ha sido escrito, el texto (los genes o la información almacenada en el ADN) será el mismo en todas las copias que se distribuyan entre los lectores. Sin embargo, cada lector podría interpretar la historia del libro de una forma ligeramente diferente, con sus diferentes emociones y proyecciones que pueden ir cambiando a medida que se desarrollan los capítulos”.

El profesor Bryan Turner, de la Universidad de Birmingham, “el ADN no es más que una cinta que almacena información, pero no hay manera de sacar provecho de esta información sin un aparato para su reproducción. La epigenética se interesa por el reproductor de cintas”. Jörn Walter, profesor de la Universidad de Saarland-Instituto Genético, es original y dijo que “recurriendo a un símil informático, yo diría que el disco duro es como el ADN, y los programas de software son como el epigenoma. Es posible acceder a cierta información del disco duro con la utilización de los programas del ordenador. Pero existen ciertas áreas protegidas por contraseñas y otras no (abiertas). Yo diría que estamos intentando entender por qué existen contraseñas para ciertas regiones y por qué otras regiones están abiertas”.

Así que si el agua de mar influye y procura el equilibrio homeostático del espacio extracelular y contribuye con 78 elementos de la tabla periódica estamos en realidad hablando de una composición prácticamente igual que el plasma sanguíneo. Y ya saben que de ese plasma depende la nutrición y la regulación celular. Por eso cuando se altera el espacio celular no tarda en aparecer la patología. Seguro.