La capital de la farmacia española se trasladó la semana pasada al territorio que más la necesita. A Castilla y León. ¿Quién iba a pensar que iba a ser esta comunidad autónoma la que le tirara de la levita a quien decide las cuestiones de partido y de gobierno, sea desde Génova o desde la Moncloa, en los asuntos fundamentales de España? Lo sabe el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, y el conjunto de la inteligencia política de este país.
Las pistas que dio José Antonio de Santiago-Juárez, consejero de Presidencia de la Junta de Castilla y León y hombre fuerte de ese gobierno, nos llevan a la conclusión de que es inviable el nuevo diseño y las normativas de ordenación del territorio en esa comunidad sin el ‘oasis asistencial’ que supone la oficina de farmacia tradicional, esa que la presidenta de los farmacéuticos españoles, Carmen Peña, considera un modelo a exportar, lo que supone que debemos potenciarlo y no deteriorarlo. Porque sin farmacia rural no hay Sanidad en los rincones más anfractuosos de Castilla y León.
Hemos pasado en dos meses de las angustias provocadas por la filtración de los llamados ‘papeles de Luis De Guindos’ a el patético realismo de la defensa del “modelo de farmacia” español porque funciona, es accesible, eficaz y eficiente para el Sistema Nacional de Salud. Ya saben que además avalado y refrendado por el Tribunal de Justicia Europeo. La propiedad unida a la titularidad, con un boticario independiente al frente que prioriza el interés sanitario a los económicos y que evitará como hace cada día integraciones verticales.
En Castilla y León sin farmacia no hay paraíso, o sea, Estado del Bienestar y sostenibilidad asistencial, y allí nos fuimos todos para anotar en nuestra alma unida de manera indisoluble al sentimiento de los farmacéuticos para que ese gobierno que preside Juan Vicente Herrera nos dijera gracias, gracias, muchas gracias, os necesitamos como sois y por lo que hacéis. Gratifica mucho, y así se sentía Peña. Como los ilustres farmacéuticos Ana Aliaga, Luis Amaro, Jesús Aguilar, Carlos García Pérez-Teijón, Antonio Carrasco, Juan de Dios Jódar, Pedro Claro, Cecilio Venegas y el inteligente consejero de Sanidad de Extremadura, Luis Alfonso Hernández.
Ya saben que sin modelo de farmacia se resiente el músculo de la distribución. Por eso se arremangó el presidente de Fedifar, Antonio Abril, para defender el modelo delante del totus tuus de los medios sanitarios españoles en una organización perfecta propiciada por Aproafa, que dirige con tanta discreción como solvencia, Félix Puebla. Cosa que no me extraña porque hay días que me parece un embajador, otros el santo Job por su paciencia infinita, algunas un mago que siempre tiene la última carta en la manga o el conejo en la chistera.
Pero eso sí, siempre me ha parecido un farmacéutico diferenciado. O sea, un señor farmacéutico o farmacéutico señor. Así que le está muy bien empleado que se lo devuelvan con creces estructuras como ATA, pues su presidente, Lorenzo Amor, dijo en su ponencia de Valladolid que “el farmacéutico es el único autónomo que no puede poner el precio” a lo que dispensa. Seguro.






































