Charlie Benrimoj es profesor de Farmacia Práctica de la Universidad de Tecnología de Sidney (Australia). Pero aquellos que hablan de él suelen dejar a un lado esto para mencionarle como “santo y seña” de la Atención Farmacéutica (AF) a nivel internacional. ¿Quién mejor para analizar qué debe hacer España para que esta práctica sea la realidad que todavía no es en las boticas?
Pregunta. Fue en la década de los 90 cuando en España se empezó a hablar de AF. ¿Podría hablarse de un término “mayor de edad” pero sin alcanzar su madurez?
Respuesta. Para que en España la AF alcanzase su madurez deberían concurrir dos aspectos claves. Por un lado, las universidades deberían crear departamentos de farmacia práctica, donde se formaran futuros profesionales a nivel de grado, con profesores doctorados en esta área y experiencia internacional. Por otro, para que los servicios de AF sean sostenibles es fundamental su reconocimiento profesional y económico.
P. ¿Qué considera que se está haciendo mal en España?
R. Para que la AF se implante de un modo sostenible debe existir un consenso nacional sobre la cartera de servicios. Ese consenso único debería ser el que se presentara a las Administraciones sanitarias. El movimiento debe ser más colectivo. Una profesión, una voz.
P. ¿Algo más?
R. También se debería tener un programa de implantación de los distintos servicios que permitiera difundirlos e integrarlos tanto como fuera posible en la práctica habitual de la farmacia. Las experiencias internacionales muestran que la implementación de servicios es altamente compleja, y no estoy seguro que esto se esté teniendo en cuenta en España.
P. ¿Qué países podrían servir como espejo en este campo?
R. Mirarse al espejo de otros países puede ser una equivocación, ya que cada uno debe tener en cuenta sus objetivos e idiosincrasia. No obstante, Reino Unido, Estados Unidos, Canadá y Nueva Zelanda son buenos ejemplos.
P. Los modelos farmacéuticos regulados, ¿facilitan o perjudican el desarrollo de la AF?
R. El modelo español, al primar lo sanitario frente a lo comercial, favorece que a medio plazo todas las boticas evolucionen hacia una farmacia asistencial. A largo plazo no existirán diferencias, salvo en el tipo y calidad de los servicios prestados. En otros países, donde la actividad comercial está mucho más arraigada, se distinguen entre sí por modelos de gestión comercial. Si España no se mueve rápido en AF podrían caer en ese problema de diferenciación comercial.
P. Ha indicado que tiene dudas sobre la formación de los farmacéuticos españoles para ejercer esta práctica. ¿Es un problema de base, de los estudios de Farmacia?
R. Así es. Según lo que sé, los cambios producidos en los planes de estudio españoles han sido muy limitados en la incorporación de la AF. La universidad corre el riesgo de perder la oportunidad de ser parte del futuro de la farmacia.
P. En la Universidad de Sidney ‘acogen’ a futuros académicos españoles implicados en la AF. ¿Sufrimos fuga de ‘cerebros’ en España?
R. Si no existen expectativas profesionales, no hay motivos para quedarse. Debería haber presión por parte de la profesión y del sistema para que estos profesionales regresen. Y los decanos de facultades asumir la responsabilidad de crear entornos para que estos futuros académicos no se pierdan.
P. ¿Cree que si no hay un movimiento común, servicios como el seguimiento farmacoterapéutico, acabarán siendo asumidos por otros profesionales sanitarios?
R. Naturalmente que sí. El futuro de la farmacia comunitaria pasa por la prestación de servicios asistenciales. Esta es la misión real, y si nosotros no lo hacemos algún otro profesional lo hará, porque la sociedad lo seguirá demandando.
P. Aunque desde hoy mismo se trabajase de forma efectiva en AF, ¿cuánto tiempo pasará hasta que esté asentada en España?
R. Creo que podríamos asistir a muchos cambios en un plazo de tres o cuatro años si de verdad el trabajo es efectivo y conjunto. España tiene todos los ingredientes y solo falta que los grandes ‘cocineros’ se pongan a ello.






































