A veces el legado de una persona puede pesar tanto que buscar el sustituto adecuado se puede convertir en un verdadero calvario. Por fortuna, la cláusula que añadió en su contrato Sagrario Pérez cuando aceptó formar parte del equipo de Ana Mato otorgaba a la ministra seis meses para buscar a la persona idónea. La primera parte de la reforma sanitaria ha gravitado básicamente sobre los dos aspectos manejados hasta ahora por el ‘clan gallego’ de Pilar Farjas y Pérez: Farmacia y la Cartera Básica de Servicios. Con su parte del trabajo hecho, la ex directora general de Farmacia firmó el catálogo de los medicamentos excluidos de la financiación pública y acto seguido puso rumbo a Coca-Cola. Dejó a Agustín Rivero mucho trabajo hecho, sí, y todas las explicaciones por dar.
Difícil lo tiene el nuevo director general de Farmacia para dejar su impronta en un ministerio en el que su predecesora ha dejado una huella tan grande, cualitativa y cuantitativamente, en un único semestre. Lo de la tregua de los cien días, ni pensarlo. Sin apenas un día de tregua, Rivero entra en el Paseo del Prado sin margen de adaptación, con una desfinanciación que ejecutar y muchas críticas de las que defenderse. Por ejemplo, las relativas al funcionamiento del copago farmacéutico por renta.
No obstante, cuenta con un perfil que le podría permitir salir airoso de la tarea. No es un novato en la Administración. De hecho, conoce a la perfección los entresijos de la gestión sanitaria, después de bastantes años en el Ministerio de Sanidad y en la dirección general de Salud Pública de la Comunidad de Madrid durante la legislatura de Manuel Lamela. Esta experiencia le puede resultar muy valiosa a la hora de generar confianza y diálogo en uno de los departamentos que más tensiones están generando a nivel institucional.
Es más, si se trata de continuar desarrollando el Real Decreto-ley 16/2012, que entre otras cosas se marcó como objetivo homogeneizar el mercado farmacéutico, el nuevo director tiene mucho que aportar. Precisamente a ello se dedicó durante su etapa en el Ministerio de Sanidad, de la mano de Ana Pastor. Entre 1996 y 2000, el trabajo llevado a cabo por el doctor Rivero consistió, entre otras cosas, en armonizar los distintos sistemas de contabilidad usados en España y en medir la producción de los hospitales por medio de la distribución de códigos estándares que definen los diagnósticos y los procedimientos para cada caso de paciente hospitalizado.
Uno de esos trabajos en la sombra que, a la larga, convirtieron a este experto en una de las voces más reconocidas de los últimos años en el campo de la Salud Pública, y que le ha permitido diagnosticar uno de los fallos claves del SNS mientras se tramitaba la Ley de Salud Pública: la necesidad de reducir y armonizar en todas las comunidades autónomas los indicadores en salud. Quizá ahora desde el ministerio pueda ponerle arreglo.
No es el único aporte de su currículo. Un trabajo suyo, bajo el título “Costes Inadecuados en Hospitalización”, que obtuvo el I Premio Barea, podría aportar nuevas recetas para el descontrolado gasto hospitalario.






































