El Congreso de los Diputados ha vivido esta semana el último acto del vodevil que nuestros políticos han venido representando desde el pasado 21 de diciembre. Lo hizo, como no podía ser de otra manera, con otro giro en la trama que no desmereciera el nivel mostrado en los anteriores actos. La propuesta de Compromís, que más bien parecía la carta a los Reyes Magos de una niña de 4 años pidiendo la paz mundial, volvía a situar el debate político en niveles muy bajos. No podría haber mejor final para la comedia, imposible. Cuatro meses después, volvemos a la casilla de salida. Con una sola cosa clara, nadie quiso formar gobierno y sí hubo quien quiso ser presidente. Demasiada ambición personal, en general, y poco sentido de estado, de responsabilidad política, en particular.
Este tiempo perdido, tiene que servir sí o sí para aprender. Las próximas elecciones volverán a dejar un panorama igual de fragmentado donde subirán unos y bajarán otros. Pero sin mayorías de nuevo. Así que o se espabila o entraremos en un bucle demasiado peligroso. Porque para ser una broma, está durando mucho.
El sector reclama estabilidad, no singobierno. Pide un plan, no improvisación. Necesita saber hacia dónde se dirigirá la política farmacéutica. No necesita una Orden de Precios de Referencia que hoy no sale pero mañana sí, que hoy sí la firmo pero ya veremos mañana. Que tiene que pasar por el Interterritorial pero que ahora no.
El sector confía también en que se empiece a hablar de sanidad después de una campaña en la que solo se habló de copago y de la atención a inmigrantes sanitario. Porque no estaría nada mal saber qué quieren hacer, cuándo y de qué manera. Vamos, saber si tienen un plan, así de sencillo. Veremos pues cómo se desarrollan las cosas porque quedan meses duros de campaña diaria en los que solo cabe pedir que se eleve el nivel. Ahora que ya nos conocemos, empecemos a hablar en serio.
Ha quedado claro que nadie quiso formar gobierno y que hubo quien solo quiso ser presidente






































