alberto cornejo Madrid | viernes, 24 de mayo de 2013 h |

El director general de Salud Pública de Canarias, José Díaz, anunciaba en el marco de las recién celebradas VIII Jornadas Farmacéuticas Canarias un principio de acuerdo con el Consejo Autonómico de Colegios Oficiales de Farmacéuticos para integrar a sus farmacias en los programas de vacunación a la población. En virtud de este acuerdo, se delegaría en estos establecimientos funciones como la dispensación de las vacunas y el posterior control a los pacientes “pero no su administración”, recordó Guillermo Schwartz, presidente del COF de Tenerife.

Con esta manifestación, quizá el presidente tinerfeño pretendía adelantarse a posibles reticencias de la opinión pública respecto a que sean las boticas las que asuman las vacunaciones y no los centros de salud insulares, lo que confirmaría que, respecto a la implantación de nuevos servicios profesionales en las farmacias, todavía queda mucho camino por hacer. Tanto en el desarrollo en sí de estos servicios como en desterrar previamente el habitual miedo a lo desconocido.

No obstante, en el caso de que en un futuro las boticas asumiesen esta labor, no deberían considerarse a los pacientes canarios, o allá donde se pusiese en marcha, como “conejillos de Indias”. Ya hay ejemplos, y muy cercanos, en el que esta experiencia ya es una realidad y “altamente positiva”. Basta con mirar en la Península.

En 2007, Portugal estableció la regulación que permitía a sus farmacias la implantación de servicios añadidos en sus boticas. Esta base normativa ha propiciado que, con el paso de los años, servicios como la formación al ciudadano en primeros auxilios, deshabituación tabáquica, apoyo domiciliario, intercambio de jeringuillas, o checksalud ya se hayan asentado en las boticas lusas. También la administración de vacunas. Aún más, este servicio lleva asociada una remuneración, otro de los anhelos que la farmacia española liga al desarrollo de nuevos servicios profesionales. En concreto, las boticas portuguesas reciben dos euros por vacuna administrada.

Asimismo, hay una tercera pata del banco que invita a tener a la farmacia portuguesa como espejo en el que mirarse: la buena aceptación del usuario, tanto del servicio como del pago del mismo. Es él quien asume el pago de esta cuantía, a pesar de que también dispone la opción de vacunarse gratuitamente en los centros de salud. Sin embargo, los datos son contundentes. En 2011, el 55 por ciento de los pacientes portugueses vacunados lo hicieron en farmacias y el 95 por ciento de ellos se mostró “muy satisfecho” con la decisión tomada, según un estudio realizado por la Ordem Dos Farmacêuticos, su máximo organismo profesional.

España, a paso más lento

Algunos de los servicios desarrollados en Portugal también son una realidad en España, como es el caso de los programas de intercambio de jeringuillas o de deshabituación tabáquica. Sin embargo, en el ‘debe’ de la farmacia nacional está el hecho de que, en el mejor de los casos, estas iniciativas solo tienen un carácter autonómico o están auspiciadas por sociedades científicas. Pero en ningún caso a nivel global y refrendadas por una regulación nacional.

Si se mira a las iniciativas de la vecina farmacia peninsular, podría decirse que España sigue “en pañales” respecto a la existencia de servicios añadidos y remunerados. Pero tampoco es mejor la comparativa al otro lado de los Pirineos, ya que Francia ha arrancado 2013 potenciando este ámbito. Lo ha hecho remunerando con 40 euros, para toda la red de farmacias nacionales, el seguimiento a cada paciente tratado con anticoagulantes.