Pablo Martínez, periodista e historiador
Las secuencias televisivas de los bombardeos de la coalición de la ONU contra las fuerzas libias fieles a Muamar el Gadafi, han traído a la actualidad los misiles Tomahawk que se disparan desde barcos y submarinos de Estados Unidos. Es posible que algunos de los telespectadores que observan el fuerte resplandor que despiden los Tomahawk en el momento de ser lanzados, no conozcan que esta potente arma toma su nombre de las hachas arrojadizas que utilizaban los indios norteamericanos en sus luchas contra los colonos británicos. Hachas inicialmente de piedra que posteriormente pasaron ser de hierro cuando la Royal Navy comenzó a fabricarlas para utilizarlas como objetos de intercambio en sus transacciones con los indios durante los siglos XVII y XVIII. La distancia entre un hacha de piedra arrojadiza y un misil es inmensa. Si bien la primera responde ya a una tecnología en la que su peso y longitud se han optimizado tras un periodo de prueba-error a lo largo de miles de años del Paleolítico, todavía es posible que un solo hombre habilidoso lo fabrique. Un misil jamás podría ser fabricado por un solo hombre y precisa de la concurrencia de materiales y tecnologías tan diversas que podemos considerarlo un paradigma de la tecnología de nuestro tiempo.
En el ámbito farmacéutico el ejemplo Tomahawk es la distancia entre los remedios vegetales de las culturas arcaicas sumerias y los medicamentos industriales. No obstante, parece que los avances de la Galénica no tienen correspondencia con el desarrollo de la política farmacéutica, que todavía parece anclada en las habilidades de un grupo reducido de hombres o mujeres. Lo visto en las últimas semanas con respecto a los graves problemas de sostenibilidad del sector y los intentos para resolverlos, más parecen las pruebas de un hábil indio norteamericano precolombino ensayando lanzamientos de distintos modelos de Tomahawk, que nada propio del nivel de desarrollo de la sociedad actual. Estamos en un mal momento del sector farmacéutico, echamos en falta información, conocimiento, análisis de experiencias… Si hay medios y no se utilizan, desde un plano político eso se puede llamar falta de voluntad.






































