| viernes, 03 de junio de 2011 h |

Marta Ciércoles es periodista del diario ‘Avui’

Estos días me ha venido a la memoria aquel juego que comenzaba con la pregunta: “¿En qué se parecen tal cosa y tal otra…?”. La cuestión a día de hoy sería: “¿En qué se parecen un pepino y un teléfono móvil?”. Hace un par de semanas no hubiera encontrado ninguna respuesta más allá de un argumento tan cogido por los pelos como el de atribuir a ambos objetos una forma alargada. Pero hoy tengo claro que pepinos y móviles han pasado a engrosar la lista de alertas sanitarias en que la obsesión por la seguridad se acaba convirtiendo en un arma de doble filo que causa mucha alarma y poca seguridad.

En la era de la comunicación global y de las redes sociales, parece mentira que autoridades políticas e instituciones internacionales de prestigio, así como medios de comunicación, todavía no sean capaces de gestionar de forma responsable la información, más aún cuando lo que está en juego es la salud de las personas. Si la senadora de Sanidad de Hamburgo, Cornella Prüfer-Storcks, se llenó de gloria al señalar, sin pruebas concluyentes, a los pepinos españoles como causa del extraño brote de E.coli detectado en el norte de Alemania, la Agencia Internacional de Investigación en Cáncer (IARC), vinculada a la OMS, remató la jugada días después lanzando el ambiguo mensaje de que los móviles son “posiblemente cancerígenos” para el ser humano. Ahí va eso, y encima van y montan una rueda de prensa para que la mayoría de medios de comunicación ejerzan, al menos en un primer momento, de obedientes altavoces. Y usted, ciudadano corriente, que usa su móvil cada día, ya verá lo que hace.

Lo de Alemania, con más de dos mil afectados y 17 muertos -y ojalá no sean más cuando se publique este artículo- por el brote de E.coli O204:H4 es muy grave. Más aún por la dificultad de encontrar el origen de la infección y la imposibilidad de ponerle freno. Pero la necesidad de dar respuestas a la ciudadanía no justifica el lanzamiento de mensajes sin fundamento ni base científica que acaban produciendo aún más damnificados y que, al fin y al cabo, no hacen más que aumentar la desconfianza entre la población. En casos como éste, la alarma solamente genera conductas irracionales movidas por el miedo.

El otro episodio de irresponsabilidad lo vuelve a protagonizar un organismo internacional vinculado a la salud. Como si la criticada gestión de la gripe A por parte de la OMS no hubieran servido de lección. ¿Podemos usar el teléfono móvil sin miedo a desarrollar un tumor cerebral? ¿Debemos alejar estos aparatos de nuestros hijos? La respuesta, de momento, es que ni sí ni no. Porque, a día de hoy, no se sabe más acerca de los riesgos de los teléfonos móviles que hace seis meses. Y, seguramente, tardaremos años en tener datos concluyentes sobre el tema. Lo que sí sabemos es que la dinámica mundial ya no puede funcionar sin la telefonía móvil, y, de momento, lo único que pueden recomendar los expertos son medidas de precaución, por si acaso. A los demás, nos toca exigir información fidedigna y asumir que la incertidumbre también forma parte de la vida.