La reforma constitucional de 2011 impulsada por Alemania estableció el principio de estabilidad presupuestaria. Una reforma de este calado, en un país acostumbrado a gastar un 20% más de lo presupuestado en sanidad, tiene un alto impacto. Algunas CC.AA. han hecho, literalmente, magia con sus presupuestos. Nadie puede decir que percibe de manera general una merma de la asistencia sanitaria. Casos puntuales habrá: de acceso a la innovación, de problemas por picos de patología (como en invierno con la gripe) o de amortización de plazas sanitarias. Venimos de dónde venimos: de un incumplimiento presupuestario sistemático no sólo en Sanidad sino en obra pública, que pagarán las futuras generaciones. Por ello se trata de un auténtico milagro que no haya pasado lo que ya denuncia en Bruselas la European Public Health Alliance (www.epha.org): los recortes en Grecia afectan ya a la salud de los griegos. Las autoridades de la UE recomiendan a España tomar nuevas medidas para cumplir los objetivos de déficit, ya que el presupuesto de 2014 no parece garantía suficiente, entre otras, en materia sanitaria. La canciller Angela Merkel alababa hace días el esfuerzo realizado por España. La otra alternativa es blindar el gasto sanitario y permitir que el sector sanitario sea un motor de crecimiento económico.
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