Lo que vivimos en los últimos meses en relación a la hepatitis C y su tratamiento es un ejemplo de lo que ocurre ante una innovación radical en la terapéutica. Los pacientes ven como una oportunidad para su enfermedad la llegada de un fármaco que cura, la compañía que lo desarrolla quiere legítimamente obtener un beneficio en relación al valor que ofrece, los médicos esperan ansiosos el momento de poder utilizar la nueva herramienta y la administración se encuentra con sentimientos divididos y, al menos parte de ella, ve como un gran problema lo que debería ser visto como un gran avance histórico. Es cierto que no es habitual la aparición de un medicamento que erradica una enfermedad, pero lo que no tiene sentido son las críticas oídas, incluso, contra la Agencia Europea de Medicamentos (EMA) por el diseño de los estudios, así como otros ataques que se están viendo contra Gilead y su producto Sovaldi. Una situación que hace pensar si no sería más fácil olvidarse de grandes innovaciones e ir a buscar progresos más modestos para pasar desapercibido. Yo, desde mi humilde posición lucharé para que esto no sea así.
La hepatitis C es una enfermedad que en España ‘solo’ afecta a 900.000 personas, que ‘solo’ provoca el 70-90 por ciento de los casos de cáncer hepatocelular (unos 4.000 al año), que es causa de trasplantes de hígado, que en 2012 ascendieron a ‘solo’ 1.084 casos, con un coste de ‘solo’ 103.000 euros. Se trata en definitiva de una enfermedad que en el año 2000 provocó directa o indirectamente la muerte de ‘solo’ 5.000 personas y la pérdida de 70.000 años de vida, ‘solo’. Por todas estas cifras, yo creo que el problema que tiene la terapia de la hepatitis C no se llama ‘solo’ precio de Sovaldi. Se llama desconocimiento social de la enfermedad y sus consecuencias.
Si en vez de tratarse de hepatitis C estuviéramos hablando de cáncer de mama, pulmón, colon o del VIH/Sida, hace mucho tiempo que Sovaldi habría sido autorizado y Gilead habría sido alzada a la cumbre. Nadie cuestionaría el coste de la terapia, siempre que además estuviera en línea con otros medicamentos y el impacto económico, sanitario y social atribuible a la enfermedad. Y lo que es más importante, las autoridades sanitarias se habrían preocupado de que estuviera disponible al minuto siguiente de ser autorizado por la Comisión Europea. Aún así, hay que ser conscientes de la realidad económica del país y de las posibilidades de inversión y, por tanto, hay que priorizar. Nadie, y estoy seguro de que Gilead tampoco, está hablando de tratar con Sovaldi a las 900.000 personas que pueden estar infectadas en nuestro país. Creo que el asunto es suficientemente importante como para que se elabore un plan de actuación que implique a todos los agentes y que dé como resultado un proyecto cuyo objetivo sea evitar una sola muerte más relacionada con la hepatitis C.
La Administración está obligada a buscar soluciones imaginativas (a muy corto y a medio y largo plazo) que permitan la introducción inmediata del fármaco y que la sociedad en su conjunto salga beneficiada. El modelo de financiación de la innovación, de la verdadera innovación, tiene que cambiar y este puede ser un buen escenario de pruebas para lo que vendrá en el futuro, que será muy bueno, aunque también, muy costoso. Espero que no perdamos ese tren.
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