Avanzado el mes de enero y transcurrido un mes desde las elecciones generales poco a poco se van descubriendo las cartas y se van conociendo las verdaderas intenciones de la clase política llamada a gobernar España. Los pactos para asegurar la gobernabilidad del país se anticipan con los movimientos en la composición del Congreso y del Senado. Situaciones extrañas las que se están produciendo, decisiones sorprendentes de partidos como el PSOE en el que las luchas internas comparten titulares con los acercamientos a los nacionalistas. El PP, mientras tanto, a verlas venir o lo que es lo mismo, cumplir con su papel de intentar formar gobierno con escasísimas probabilidades de éxito. La suerte está echada y el tiempo popular al frente del ejecutivo ha llegado a su fin. Lo que me lleva a preguntarme es que si sabiendo, como saben, cuál va a ser próximo gobierno, se esfuerzan en alargar plazos y en cumplir escrupulosamente con los tiempos establecidos. Sinceramente, no está el país para perder el tiempo.
Algo así como la comedia que estamos viviendo en Cataluña. Por si no teníamos suficientes consejeros ocurrentes en el panorama político, nos ‘cae’ un filósofo del que dicen que su mejor virtud es que se cree que sabe de Sanidad. Miedo me da. Bromas aparte, el principal problema de Cataluña es saber hasta dónde están dispuestos a llegar. Mientras tanto, que sea el estado el que siga ‘desfaciendo los entuertos’ que provocan los impagos y ya veremos cuando se desconecten cómo afrontamos el problema.
Hablando de ocurrencias, no podía dejar sin comentar el plácido desayuno en el que participó Aquilino Alonso la semana pasada en Madrid. Así da gusto venir, habrá pensado el consejero. El caso es que sigue empeñado en defender los 121 millones de ahorro de las subastas cuando se estimaron 734. Este ‘sólido’ argumento no puede servir para mantener esta injusta medida.
No está el país para perder el tiempo ni la sanidad necesita más consejeros ‘ocurrentes’, con los que hay ya es suficiente






































