Finalmente, la agenda social del gobierno para su último año de legislatura fue a parar, contra todo pronóstico (ya que ni si quiera estaba en la quinielas) a la que hasta ahora ha sido la Voz de Mariano Rajoy en el Congreso de los Diputados. Alfonso Alonso, la sombra del presidente del Gobierno en la Cámara Baja (lleva tres años sentado justo detrás de él en el pleno), define perfectamente el perfil de ministro que quiere el Ejecutivo: uno que prima, ante todo, la tarea de remontar en las encuestas sobre intención de voto de cara a las próximas elecciones.
Alonso es un político de pura cepa, que contrarresta su nula experiencia en Sanidad con los años que pasó como gestor de un consistorio muy complicado, el de Vitoria (donde nació hace 47 años), entre 1999 y 2007. En las elecciones generales de 2008 encabezó la lista del PP por Álava, formando parte de la dirección del grupo parlamentario popular en el Congreso de los Diputados. Repitió en las elecciones generales de 2011 y obtuvo la victoria en la circunscripción de Álava. Desde el 13 de diciembre de ese año desempeñaba, a propuesta de Mariano Rajoy, el cargo de portavoz del grupo popular en el Congreso. Hasta que el pasado martes explotó la bomba que se llevó por delante las aspiraciones del sector sanitario, que tras la experiencia de Ana Mato confiaban en una personalidad conocedora de la Sanidad.
Ciertamente, el nuevo ministro comparte con su antecesora su falta de experiencia en Sanidad, lo que indica que la verdadera gestión farmacéutica seguirá al mando de los segundos y terceros espadas. Falta por ver ahora si la dimisión sorpresa de Pilar Farjas arrastra también a Agustín Rivero y Carlos Lens. Pero Alonso no arrastra tras de sí uno de los hándicap que Mato no logró superar: su fobia a los medios.
El nuevo ministro es un animal mediático. Nadie que no lo sea podría, como ha hecho él, haberse enfrentado de manera semanal en el Congreso a la rueda de prensa obligatoria posterior a la junta de portavoces. Desde esa tribuna en la Cámara Baja Alonso tuvo que hablar siempre, por espinoso que fuera el asunto y aunque nadie más del partido quisiera hacerlo. Su labor como portavoz le ha labrado una fama de persona sosegada, sensata, dialogante y comprensiva, que sin duda será un bálsamo curativo contra la tensión que ha acumulado el Ministerio de Sanidad en estos tres años.
Es posible, entre la amalgama de temas a los que tuvo que dar respuesta, encontrar muestras de su talante en asuntos sanitarios ante declaraciones poco afortunadas de otros miembros de su partido. Aunque siempre ha sido un firme defensor de la reforma farmacéutica de 2012, fue el nuevo ministro quien ‘enmendó la plana’ a José Ignacio Echániz al señalar que el copago farmacéutico “supone más de cuatro cafés”. También fue él uno de los que más se prodigó contra el euro por receta, primero cuando lo anunció Boi Ruiz, y después cuando le siguió el entonces consejero de Sanidad de Madrid Javier Fernández Lasquetty.
La hemeroteca también deja clara cuál ha sido su postura en relación al gasto farmacéutico como terreno para ahorrar y para ganar en eficiencia. Durante su última etapa como líder de la oposición en el País Vasco, preguntó al gobierno regional si era mejor ahorrar en medicinas o quitar médicos y refuerzos en Atención Primaria. “Yo prefiero ahorrar en medicinas antes que en médicos”, opinó.
Seguramente en el Congreso de los Diputados consideran que se ha hecho realidad el modismo que precisamente empleó el consejero de Sanidad de Castilla-La Mancha para autodescartarse como ‘ministrable’ y apuntar como opciones más seguras a Susana Camarero o la propia Farjas: que no tenía sentido desvestir a un santo para vestir a otro. Precisamente eso es lo que ha ocurrido. El ministerio puede haber ganado un buen ministro, pero está claro que la Cámara Baja ha perdido un gran portavoz.
Ahí radica buena parte del secreto de su elección… Ahí, y en el hecho de que el nuevo ministro es un ‘sorayista’ confeso, otro punto a favor de aquellos que analizan su nombramiento como mucho más que un relevo ministerial, y con unas evidentes connotaciones electorales.
Finalmente, la agenda social del gobierno para su último año de legislatura fue a parar, contra todo pronóstico (ya que ni si quiera estaba en la quinielas) a la que hasta ahora ha sido la Voz de Mariano Rajoy en el Congreso de los Diputados. Alfonso Alonso, la sombra del presidente del Gobierno en la Cámara Baja (lleva tres años sentado justo detrás de él en el pleno), define perfectamente el perfil de ministro que quiere el Ejecutivo: uno que prima, ante todo, la tarea de remontar en las encuestas sobre intención de voto de cara a las próximas elecciones.
Alonso es un político de pura cepa, que contrarresta su nula experiencia en Sanidad con los años que pasó como gestor de un consistorio muy complicado, el de Vitoria (donde nació hace 47 años), entre 1999 y 2007. En las elecciones generales de 2008 encabezó la lista del PP por Álava, formando parte de la dirección del grupo parlamentario popular en el Congreso de los Diputados. Repitió en las elecciones generales de 2011 y obtuvo la victoria en la circunscripción de Álava. Desde el 13 de diciembre de ese año desempeñaba, a propuesta de Mariano Rajoy, el cargo de portavoz del grupo popular en el Congreso. Hasta que el pasado martes explotó la bomba que se llevó por delante las aspiraciones del sector sanitario, que tras la experiencia de Ana Mato confiaban en una personalidad conocedora de la Sanidad.
Ciertamente, el nuevo ministro comparte con su antecesora su falta de experiencia en Sanidad, lo que indica (si no hay más relevos sorpresa en los segundos y terceros espadas del Ministerio), que la verdadera gestión farmacéutica seguirá al mando de Pilar Farjas, Agustín Rivero y Carlos Lens. Pero Alonso no arrastra tras de sí uno de los hándicap que Mato no logró superar: su fobia a los medios.
El nuevo ministro es un animal mediático. Nadie que no lo sea podría, como ha hecho él, haberse enfrentado de manera semanal en el Congreso a la rueda de prensa obligatoria posterior a la junta de portavoces. Desde esa tribuna en la Cámara Baja Alonso tuvo que hablar siempre, por espinoso que fuera el asunto y aunque nadie más del partido quisiera hacerlo. Su labor como portavoz le ha labrado una fama de persona sosegada, sensata, dialogante y comprensiva, que sin duda será un bálsamo curativo contra la tensión que ha acumulado el Ministerio de Sanidad en estos tres años.
Es posible, entre la amalgama de temas a los que tuvo que dar respuesta, encontrar muestras de su talante en asuntos sanitarios ante declaraciones poco afortunadas de otros miembros de su partido. Aunque siempre ha sido un firme defensor de la reforma farmacéutica de 2012, fue el nuevo ministro quien ‘enmendó la plana’ a José Ignacio Echániz al señalar que el copago farmacéutico “supone más de cuatro cafés”. También fue él uno de los que más se prodigó contra el euro por receta, primero cuando lo anunció Boi Ruiz, y después cuando le siguió el entonces consejero de Sanidad de Madrid Javier Fernández Lasquetty.
La hemeroteca también deja clara cuál ha sido su postura en relación al gasto farmacéutico como terreno para ahorrar y para ganar en eficiencia. Durante su última etapa como líder de la oposición en el País Vasco, preguntó al gobierno regional si era mejor ahorrar en medicinas o quitar médicos y refuerzos en Atención Primaria. “Yo prefiero ahorrar en medicinas antes que en médicos”, opinó.
Seguramente en el Congreso de los Diputados consideran que se ha hecho realidad el modismo que precisamente empleó el consejero de Sanidad de Castilla-La Mancha para autodescartarse como ‘ministrable’ y apuntar como opciones más seguras a Susana Camarero o la propia Farjas: que no tenía sentido desvestir a un santo para vestir a otro. Precisamente eso es lo que ha ocurrido. El ministerio puede haber ganado un buen ministro, pero está claro que la Cámara Baja ha perdido un gran portavoz.
Ahí radica buena parte del secreto de su elección… Ahí, y en el hecho de que el nuevo ministro es un ‘sorayista’ confeso, otro punto a favor de aquellos que analizan su nombramiento como mucho más que un relevo ministerial, y con unas evidentes connotaciones electorales.






































