| viernes, 11 de mayo de 2012 h |

Por su extraordinario interés, merece la pena dedicar unas líneas a dos propuestas presentadas recientemente ante el Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud, a pesar de haber quedado pospuestas para mejor momento. Consistieron en sendas peticiones de reforma y armonización de la ordenación en materia de viabilidad económica de las oficinas de farmacia y adecuación del modelo a las exigencias informadoras del Mercado Único Comunitario.

Claro está, en la óptica de la más pura técnica legislativa, que es lo que al leguleyo que les habla más le interesa, un Estado de Derecho digno de ese nombre pasa por el necesario respeto al mandato constitucional de la seguridad jurídica, que a su vez traerá causa de una normativa clara y accesible. Y lo que no puede ser es la pervivencia de un escenario en el que 17 feudos regulen por su cuenta y riesgo una materia tan sensible como la que nos interesa. Esta dispersión es la que desde instancias de la Unión Europea, a menudo ha dificultado ante sus instancias judiciales la mejor defensa de la esencia de nuestro modelo de oficina de farmacia, que priva al operador de una referencia unitaria y de fácil manejo.

Digo todo esto por cuanto que, a día de hoy, unas medidas tan trascendentales quedarán al albur de lo que decida cada comunidad autónoma, en ausencia de capacidad vinculante por el Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud, el cual solamente puede actuar a propuesta de parte y mediante recomendaciones.

En nuestro ejercicio profesional, cuántas veces nos hemos visto en la tesitura de explicar a nuestros clientes extranjeros, con cierto azaro, el galimatías feudal en que se ha convertido España. En la grave situación presente debemos abandonar cualquier tentación de exuberancia y empezar a ofertar al exterior un modelo de Estado racional y atractivo.

La Revolución francesa fue, por encima de todo, una completa transformación modernizadora de la estructura jurídico/territorial del Estado. De esta forma, se produjo el paso del antiguo régimen a la edad moderna. Y este es el camino que en España hemos desandado en tantos aspectos, que de forma irremisible nos han devuelto a escenarios políticos propios de la Edad Media.